Cine para el niño que todos llevamos dentro

EL COLOR DEL CINE
El color del cine

Recuerdo que, al comprobar el tema de esta semana —Pelis de nuestra infancia—, vi cómo mis aspiraciones de volver a escribir en la web tras casi un mes se disipaban de golpe. Y lo hacían porque era firme mi convicción de que poco o nada podría aportar a un topic tan genuinamente nostálgico.

Al fin y al cabo, mientras mis compañeros rememoraban Willow o La historia interminable, yo asumía que la distancia entre el niño que fui y el protoadulto que soy se tornaba insalvable: ni siquiera me vinieron a la mente títulos con los que disfrutaba a los cinco, seis años.

Acepté el fracaso y me dije: “la semana que viene será”. No obstante, durante estos últimos días, han empezado a venirme ciertas películas a la mente y, de alguna manera, he recobrado la esperanza de poder compartir, al menos, una leve reflexión. En un primer momento, a modo de regresión perversa, he retornado a las dos sesiones de cine en las que vi, respectivamente, Scooby Doo 2 y una de Doraemon. Quizá en aquel momento las disfruté y me evadí, pero, al recordarlas, ya no. Desde luego, no puedo considerarlas películas de mi infancia, porque, pese a que las vi en tal etapa de mi vida, hoy ya han perdido toda su vigencia: no me quedan recuerdos gratos de ellas y ni mucho menos son capaces de tocarme la fibra, de remover al supuesto niño que todos llevamos dentro.

Oh, el niño. Al acordarme de él supe que por ahí debían ir los tiros. No se trataba de buscar pelis que mi yo niño rebobinase una y otra vez en el VHS, sino de honrar a aquéllas que, aún hoy, siguen siendo capaces de retrotraerme a sensaciones de la niñez. No, no tocaba hablar de pelis para niños, sino de pelis para niños que tienen la capacidad de dejar cierta huella también en los que ya no lo son. Ese cine aparentemente liviano que emociona como ningún otro.

¿Y cuáles son, pues, esas películas? Tú sabrás, lector. Cada uno va encontrando las suyas a lo largo de su vida. Recuerdo que yo nunca he querido volver a ver El Rey León. Es extraño, porque todo el mundo habla de ella, todos la han visto hasta la saciedad. Por mi parte, sin embargo, las sensaciones de la infancia no habían sido del todo buenas. O eso intuía, porque lo cierto es que apenas la recordaba. Hasta que, por avatares del destino, llegó el día del reencuentro. Ni siquiera la vi entera, pero sólo hizo falta una escena. Supongo que, a estas alturas, todos sabrán cuál. En efecto, la muerte de Mufasa. Éramos un grupo numeroso viendo la proyección y, en ese instante, se hizo el silencio. De niños ya nos había removido, y años después, volvía a hacerlo. Es la muerte de un ser querido contada en un lenguaje universal. Es una lección de vida, y el metraje que la sigue, una lección de superación. Niños, jóvenes, adultos y ancianos asisten emocionados al triunfo de un cine que destroza toda barrera generacional. De ahí el respeto, de ahí que no sea otra película para niños más.

Pero no es sólo El Rey León. Inside Out, de la que no comentaré casi nada porque ya lo harán mucho mejor mis compañeros esta misma semana, obró recientemente una especie de milagro. Al salir del cine Albéniz, donde tuve la tremenda suerte de poder verla en VOSE, entendí que aquella película que acababa de ver con casi veinte años se había convertido instantáneamente en una de las grandes películas de mi infancia. Sí, ciertamente no la vi en mi niñez física, pero sus escenas, sus enseñanzas, las aventuras y desventuras de sus protagonistas habían logrado mandarme de vuelta al pasado. Yo lloré en los momentos finales de la película. Juraría que mis amigos también lo hicieron. Y, sin embargo, no creo que fuésemos nosotros. Tengo la convicción más o menos firme de que fue el niño, el maldito niño interior, el que dejó caer aquellas lagrimitas emocionadas mientras decía: “aunque ya no te acuerdes de mí, no se entiende quién eres hoy si prescindes de lo que fuimos ayer”.

Sobre la obra de Pixar, decía Àngel Quintana en el nº40 de Caimán Cuadernos de Cine: “[…] nos permiten llegar a la conclusión final de que, ante las fábulas, el reto de los espectadores consiste en acabar admitiendo, aunque nos cueste, que para conseguir la felicidad a veces es preciso refugiarse en la nostalgia y que no hay nostalgia sin tristeza”.

Al final va a resultar que las pelis de niños son más jodidas que la filmografía de Haneke.

Escrito por Nacho Garrido. Más en El Color del Cine.

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