Ciudadanos adultos frente a las simplezas

EL PLUMILLA ERRANTE
José Antonio Gaciño

Los expertos que trabajan en la negociación del enigmático Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP, por sus siglas en inglés), en las raras veces que se prestan a hacer algún tipo de declaración, se quejan de que un asunto tan complejo sea combatido con simplicidad por los desconfiados. No les faltaría razón, si, a continuación, reflexionasen sobre las causas de esa desconfianza generalizada (simple o no) hacia los gobernantes que tratan de ocultar los pormenores de sus decisiones escudándose en las complejidades técnicas, lo que no les impide, a su vez, justificar esas decisiones tan complejas con simplezas, como mínimo, iguales (aunque en sentido contrario) que las de quienes les critican.

Esa desconfianza generalizada hacia el poder –hacia todos los poderes– se debe en buena medida a unas prácticas igualmente generalizadas de opacidad, manipulación y engaño por parte de quienes toman las decisiones y que suelen tratar a los ciudadanos como si fuesen niños. En ocasiones, como padres sobreprotectores que les evitan o les ocultan a los hijos situaciones dolorosas. En otras, como padres autoritarios (en realidad, pusilánimes o psicópatas) que educan a sus hijos en el miedo permanente, de manera que el ciudadano-niño acepte sumisamente cualquier sacrificio que se le exija, por miedo a lo peor, y se cuide mucho de arriesgarse a optar por caminos diferentes que no se sabe a dónde llevan.

O alternando ambos tratamientos para terminar fabricando ciudadanos esquizofrénicos, ignorantes de los aspectos más siniestros de la realidad y que son capaces de votar sumisamente a quienes les meten el miedo en el cuerpo, incluso después de que quede demostrado que las catástrofes con las que amenazan las provocan ellos mismos. Como se dice en la última viñeta (genial) que he visto de El Roto: “Los que más defienden la propiedad privada, resulta que son los que más roban”.

Resulta difícil que algún partido, o algún político en solitario, pruebe a dirigirse a sus electores hablándoles con total sinceridad de los límites previsibles, reales, con los que se va a encontrar a la hora de intentar materializar sus propuestas. No quiere arriesgarse a perder votos con un discurso que creen que ese ciudadano infantilizado no sería capaz de asimilar.

En principio, se supone que los líderes (políticos, económicos, sociales, deportivos…) han de ser optimistas por naturaleza, dispuestos a ofrecerse a solucionar todo tipo de problemas, superando cualquier dificultad. Los más cínicos no dudan en prometer la prosperidad universal en público, mientras en privado garantizan la prosperidad particular a los acreedores. Los más voluntariosos animan a la movilización ciudadana, confiando en que será suficiente ese respaldo para rebasar los límites de la realidad, y puede que hasta sean sinceros cuando, al comprobar la consistencia de los límites, lo atribuyan a maniobras de enemigos internos o externos.

La decepción de los ciudadanos será la misma, aunque ya estén acostumbrados a esa ceremonia (puede que hasta finjan que se la crean). Quizá la nueva política debería consistir en tratar a los ciudadanos como adultos y explicarles que, entre todos, se puede intentar hacer lo posible para ir corrigiendo las abundantes deficiencias del sistema hasta donde se pueda y durante el tiempo que se pueda. Que, efectivamente, las cuestiones son complejas (unas más que otras, de todas formas) pero no necesariamente abstrusas: salvo la física cuántica, casi todo es susceptible de ser explicado con sencillez, si se quiere realmente que lo comprenda la ciudadanía.

Nadie se atreve a probarlo, pero a lo mejor resulta electoralmente rentable.

 

 @jagacinho 

 

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