Como les dije en su día

LAS COSAS COMO SON
Agustín Castellote

Como suele ocurrir en el fútbol español, la decisión de Vicente del Bosque de abandonar el puesto de seleccionador nacional ha abierto de par en par la caja de los truenos. El esperado y me atrevo a decir que necesario adiós del técnico salmantino  (ver mi artículo de la pasada semana Del Bosque: fin de ciclo ) ha venido salpicado por las últimas declaraciones del entrenador amén del clima habitual que se genera en todo aquello que rodea en España a la pelota, en ese intento desesperado por apropiarse de la gloria y rentabilizar la miseria. 

Como decía la semana pasada, no es justo que Del Bosque se marche entre sombras, no es de recibo que tengamos que esperar al paso del tiempo, como sucedió con Luis Aragonés, para reconocer sus méritos y una vez que el personaje ya no venda, empezar a valorar a la persona. 

Más allá de si la decisión ha llegado tarde o pronto, de si la selección se había acomodado y los síntomas de agotamiento resultaban evidentes, Del Bosque deja el cargo desde el que nos llevó a vivir una de las aventuras más fascinantes en nuestra historia. Fue el hombre que lideró el proyecto que un 11 de julio de 2010 cambió el destino del fútbol español y casi de nuestras vidas. Demasiada gloria, demasiada grandeza para despedirle entre debates interesados y una palmadita por los servicios prestados. Como en la novela de Antonio Muñoz Molina "Como la sombra que se va", se produce un acto de gran injusticia, que deja por el camino víctimas colaterales y la sensación de seguir empecinados en no aprender nada de nuestro pasado. Sólo que Del Bosque no es el asesino que huye a Lisboa en busca del final, no es un fugitivo que se deba esconder cargado de desafectos. Es el mismo marqués que,  “en vida”  y cuando el viento soplaba a favor, recibía elogios y alabanzas, muchos de ellos exagerados, incluso de los que hoy, y aprovechando la ola, se jactan de ser sus enemigos. 

Ya sé que es cuestión de tiempo y también lo sabe Del Bosque que, como le ocurrió a Luis Aragonés, cuando ya no sea portada, casi no le queden lágrimas y pase a ser otro ilustre jubilado, todos volverán a reubicarle en ese lugar excepcional que la historia le reserva. 

Le quedan tres telediarios de editoriales, debates y críticas exageradas; tres telediarios donde exprimir al máximo la poca sangre que le queda, en ese juego maquiavélico con el que tanto disfrutamos de crear ídolos para darnos el placer de derribarlos. Luego pasará un tiempo en el olvido, en la indiferencia y un día, alguien desempolvará su nombre y todos sacaremos pecho al grito de  “Como les dije en su día”.

@AgCastellote 

España

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