El desfile del amor

Los últimos libros
Antonio Castillo

Cada vez que recibe un premio prestigioso, Sergio Pitol cierra los ojos y se acuerda del niño que fue, ese crío huérfano de madre que pasó varios años aislado por culpa de la malaria, soñando con mundos exóticos que bullían tras las paredes de su casa y que la literatura le acercaba hasta la cama.

Nació en Puebla en 1933 y no fue, desde luego, un escritor precoz. Su primer objetivo, al que se consagró desde que se recuperó de la enfermedad y pudo empezar a estudiar, fue viajar, conocer los lugares que hasta entonces eran solo nombres míticos impresos en las páginas de los libros. Tras licenciarse en Derecho en la Universidad Autónoma de México comenzó una singular carrera contra el tiempo que tuvo sus principales calas en Roma, Pekín, Barcelona, Bristol, Varsovia, Budapest, París, Moscú y Praga, ciudades en las que dio clases o ejerció tareas diplomáticas.

Se conformaba con traducir a maestros como Chéjov, al que adora, Austen, Conrad, James o Gombrowicz y con pergeñar cuentos que le sirvieron de aprendizaje y le dieron seguridad a la hora de enfrentarse a la página en blanco. Era también eso que hoy se conoce como «agitador cultural», un crítico finísimo que mostraba su agudeza en diarios y revistas. «Vivía modestamente pero disponía de una radical libertad para hacer lo que quería, ir de un lado a otro, leer, escribir», declaró a El País en 2005 tras recibir el Cervantes.

Al náufrago le deslumbró El desfile del amor, novela premiada con el Herralde con la que Pitol intentó recomponer una parte poco estudiada de la historia de México, la que va de 1939 a 1945, cuando el vasto país que algunos tildaban de provinciano se convirtió en puerto de arribada para la emigración europea, desde los famosos Trotski o Carol de Rumanía a anónimos republicanos españoles o banqueros judíos.

En 1942, año en el que México declaró la guerra a las potencias del Eje, un joven austriaco es asesinado cuando salía de una fiesta que reunía a intelectuales y políticos. Tres décadas después, un historiador que ha regresado a su país tras una larga estancia en Inglaterra se transmuta en investigador para aclarar el crimen no resuelto. Estas pesquisas le llevarán a entrevistarse con los supervivientes del suceso, personajes inolvidables como la tía Eduviges y su contrapunto, la galerista Delfina Uribe, el desquiciado librero Balmorán o la cosmopolita Ida Werfel que remiten al loco mundo de Ernst Lubitsch, que en 1929 dirigió una comedia musical protagonizada por Maurice Chevallier de la que Pitol tomó el título para su novela.

El narrador mexicano, que como el protagonista de El desfile del amor volvió a casa, a Xalapa, después de hacer realidad su sueño infantil de conocer mundo, cree que las modas literarias «aniquilan cualquier posibilidad creadora». Quizá por eso es un escritor de culto, marbete habitual de los que son elogiados por la crítica e ignorados por el gran público lector, enganchado hoy a las tramas facilonas que rostros populares de la televisión inventan –con la ayuda inestimable de sus editores– en el tiempo libre que separa un cóctel de otro.Sergio Pitol

A Pitol le interesa sobre todo la periferia, la vibración que se establece entre una cultura lejana y la metrópoli y que da pie a grandes logros artísticos. En 1984, cuando recibió el Herralde, criticó el desdén con el que algunos habían despachado la concesión del Nobel de ese año al gran Jaroslav Seifert, otro escritor de culto.

El náufrago asocia El desfile del amor a su primera visita a Praga. Llegó de noche y, como indicaba su guía de viajes, compró en un estanco el billete para el autobús que conectaba el aeropuerto con el centro. Después se sumergió en el metro, que en teoría debía dejarle muy cerca de su hotel, pero cuando siguió la ruta indicada en el plano acabó en un mercadillo al aire libre desierto a esas horas. El viento helador se colaba por los pliegues de la bufanda, así que volvió sobre sus pasos y se subió a un taxi –un Mercedes– que lo dejó en su destino cinco minutos después. Lo que le pidió el conductor excedía con mucho la tarifa recomendada por la guía, pero no tenía ganas de discutir.

A la mañana siguiente pasó otra vez por el mercadillo camino de la Ciudad Vieja. Una verja que la noche anterior le había pasado desapercibida comunicaba con un lóbrego túnel que desembocaba en una calle ancha y luminosa. El metro estaba ahí, efectivamente. Miró la placa de la calle: Seifertova. Se acordó del premio Nobel y de Pitol, de los periféricos. Y sonrió.

  El desfile del amor (Anagrama, 1984)

Sergio Pitol

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