El fútbol por bandera

LAS COSAS COMO SON
Agustín Castellote

Tontos los que piensan que el fútbol es sólo deporte, porque desde hace mucho tiempo el fútbol es sólo política (oído a un preboste tertuliano con ínfulas de saberlo todo, quererlo todo y poderlo todo, esta mañana). 

Resulta muy difícil explicar en pocas palabras la dimensión que alcanza el fútbol; un agitador de conciencias y emociones, una caja de resonancia cuyo poder es inigualable, ya lo reflejaba Vázquez Montalbán cuando decía: “Sí tu equipo gana, el lunes será menos lunes, pero si tu equipo pierde, el lunes será la evidencia misma de que hay días nefastos, inscritos en una vida nefasta”. El fútbol es para algunos un simple juego y para muchos una forma de vida; un fenómeno de fenómenos, un catalizador de ilusiones que a veces involucra elementos sociales, económicos, culturales o políticos, entre un ruido ensordecedor que alimenta la infinita repercusión de este deporte y que convierte en alto riesgo lo que debería ser alta emoción. 

La polémica de las banderas con motivo de la final de la Copa del Rey es el último ejemplo de esas relaciones horizontales de poder y empatía que utiliza la pelota como mensaje. Hay mucha semiología escondida en el uso de las banderas, mucha intención que actúa sobre la base de identificaciones simbólicas a través de un deporte que, nos guste o no, va de la mano de la polémica, en un laberinto de circunstancias que se encuentran arraigadas las unas con las otras. Yo, que quieren que les diga, después de muchos años he aprendido que fútbol es desde que pita el árbitro el comienzo del partido hasta que señala el final. Todo lo demás es aleatorio, es prescindible, es folklore, con la idea de que lo ajeno a la pelota solo distrae.

Han sido días en los que todo el mundo estaba pendiente de la decisión de un juez, pero no era el árbitro; los medios debatían y editorializaban con entusiasmo sobre la gran final, pero no oíamos a Messi, Neymar, Gameiro o Banega, porque los protagonistas eran Rajoy, Iglesias, Puigdemont o Dancausa. Una ceremonia de la confusión que, no por habitual en los últimos años, deja de sorprendernos, haciendo predecible lo que aparentemente resultaría imprevisible; el fútbol, como referente social, se ha convertido en la excusa perfecta para todo; la dimensión instrumental de lo que se persigue no puede encontrar mejor escenario para esta descomunal caja de resonancia.

El fútbol, y no sólo en España, lleva mucho tiempo siendo una ventana abierta por la que se cuelan no pocas razones, la mayoría de las veces ajenas al deporte, que le convierten en un gran agujero negro que todo se lo traga. Seguramente la pelota no tendría la dimensión que tiene sin estos añadidos, sin estos debates, sin estas polémicas. No discuto que haya gente que prefiere el vino con gaseosa, pero personalmente, creo que lo mata. El Barca ganó la Copa del Rey con una capacidad de sufrimiento, con un espíritu y una jerarquía admirable; muy alejado de ecos interesados y con el convencimiento de que lo que pasaba por ahí afuera era otro partido; porque el fútbol arrastra demasiadas imperfecciones propias como para cargar con las que no les corresponde, porque los ruidos constantes pueden llegar a alterar la vida de la gente y sobre todo porque cuando se expande la pasión, la razón, nos guste o no, se vuelve pequeñita. 

Este humilde tonto, le dice al preboste tertuliano que el fútbol no es como él pregona, porque si no estaría enfangado en los canalones malolientes de la sinrazón. Afortunadamente, el fútbol continúa siendo pasión, entusiasmo, sentimiento e ilusión, mucha ilusión; valores que nunca tuvo, tiene o tendrá, el proceloso mundo de la política. 

 

@AgCastellote

Foto: ABC

 

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