Euforia y patetismo en la noche electoral

EL PLUMILLA ERRANTE
José Antonio Gaciño

Eufórico el Partido Popular (y algo más que eufórico un sonado Mariano Rajoy en su balbuciente discurso de agradecimientos reiterados a los suyos en la noche de celebración) por haber ganado catorce escaños más que en diciembre, aunque perdiese 49 con respecto a la legislatura anterior, la de la holgada mayoría absoluta. Satisfecho el PSOE, por haber mantenido el segundo puesto, aunque perdiendo cinco diputados con respecto al 20-D (y 25 con respecto a las elecciones de 2011). Ciudadanos mantenía el tipo haciendo operaciones matemáticas: con apenas nueve décimas de pérdida en los votos (376.677 para ser exactos) había perdido ocho escaños, lo que demostraba lo injusto de la actual ley electoral.

Unidos Podemos también podría haberse sumado a la fiesta de la autocomplacencia, porque mantuvo el número de escaños que habían ganado en diciembre por separado Izquierda Unida y Podemos (con sus confluencias), aunque habían perdido más de un millón de votos, pero prefirieron ponerse serios y autocríticos, reconociendo que no habían cubierto las expectativas que habían despertado. Aun así, un Pablo Iglesias con la voz quebrada recurría a la evidencia de que en sólo dos años han dado un paso de gigante, desde la nada a 71 escaños, sin arrepentirse de su negativa a apoyar la alternativa PSOE-Ciudadanos, que quizá le hubiese evitado el mal trago de una noche de frustración. Al final, en la concentración de militantes y simpatizantes ante el moderno Museo Reina Sofía, entonaron la canción de Quilapayún sobre el pueblo unido que jamás será vencido, una canción antigua o clásica, según se mire, pero que nos trae el recuerdo de aquella dolorosa derrota de la izquierda chilena liderada por Salvador Allende, no en las urnas sino por la fuerza de las armas. Sonaba un tanto patético.

Apenas un apunte de la noche de resultados electorales en España, resultados de unas segundas elecciones que trataban de poner fin al bloqueo en que derivaron las primeras, las del 20 de diciembre, en las que la izquierda desperdició una oportunidad de poner fin a un gobierno marcado por la corrupción y los recortes sociales. Casi todos dan por resuelto el bloqueo, quizá porque la suma de lo que llaman centro-derecha se ha distanciado más de la suma del llamado centro-izquierda (163 contra 161 en diciembre, 169 contra 156 ahora) y por el efecto psicológico de la remontada de la derecha, resaltada por la constatación final de que la izquierda había decepcionado a un buen número de sus electores, los suficientes como para dejarle en inferioridad.

Pero los números siguen todavía sin cuadrar, sobre todo si siguen ignorando a los nacionalistas periféricos. Los eufóricos populares van a depender, fundamentalmente, de la decisión, por activa o por pasiva, de los socialistas. A ver cómo se gestiona esta nueva encrucijada. Más de un millón de ciudadanos optaron esta vez por no repetir su viaje de diciembre a las urnas. Quien sabe, si se repitiesen otra vez las elecciones, la derecha quizá volviera a tener mayoría absoluta: la consiguió en 2011 con más de seiscientos mil votantes menos que en la jornada del 26 de junio y casi dos millones menos que en el 20 de diciembre de 2015.

 

@jagacinho

España

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