Familia y comida

EL COLOR DEL CINE
El color del cine

Si hay un cliché repetido hasta la saciedad en la sociedad americana es la visión italoamericana de la familia. Quizás porque para ellos, cada apellido que acabe en –etti, –ini, o –di tiene que ver con la mafia, mover mucho las manos al hablar, montar una carnicería e ir en chándal y usar gomina, lo que vienen a ser todas las opciones la misma.

De este gran estereotipo italoamericano, sumado al puritanismo de los primeros colonos, nace uno de los valores en los que más inciden los americanos: la familia. Esto queda reflejado muchas veces en el tratamiento de los encuentros en la mesa: las comidas, las cenas, los desayunos, los encuentros en la cocina. Tradición fundacional del propio ser humano: compartes la comida (el fruto de la caza, del esfuerzo) con las personas a las que quieres. Quién no sabe lo que es una cena de Acción de Gracias, quién no se ha tragado una peli en la que Tim Allen suplanta aSanta Claus para salvar la navidad y todos acaban recibiendo sus regalos después de la respectiva comilona. Porque de verdad, todos hemos visto alguna por el estilo. No hay nada más familiar que la navidad, por cierto, y eso lo dejan muy claro las cientos de películas que desembarcan en nuestras sobremesas nada más asoma diciembre en el calendario.

Al igual que Edward Bernays , la industria cinematográfica nos lleva bombardeando con un modelo de familia determinado desde prácticamente los años 50 y uno de los momentos en los que se reúnen todos sus miembros suelen ser las comidas, el mejor momento para representar los valores a trasmitir. Si cerráis los ojos podéis imaginarlo: una madre con un delantal de cara a los fogones pero sin un pelo fuera de sitio, un padre trajeado que lee el periódico ausente mientras va pegando sorbos a su café y un par de hijos que engullen un bol de cereales porque llegan tarde al colegio o una montaña de diabetes en forma de tortitas con sirope de arce si es fin de semana. Si tenéis la imaginación suficiente, se huelen desde aquí.

Otro momento arquetípico y relacionado con la ingesta de nutrientes en comunidad es la hora de la cena. Esa familia que se coge las manos para hacer la bendición en familia, se pasan el puré de patatas con una sonrisa brillante y triunfadora, porque claro, cómo no estar orgulloso de tu hijo, el quarterback del equipo, porque él puede llegar muy lejos si consigue una beca deportiva en la universidad del Estado; o de su novia, la jefa de animadoras, rubia y perfecta. Puede que haya por allí algún hermano o hermana pequeño, al que se le grita por el hecho de ser niño y no ser su apolíneo hermano.

No todas las familias son iguales en el cine, también hay que reconocer el mérito del cine independiente o de producciones más valientes que se enfrentan a romper clichés y buscar una representación más fidedigna de la amplia gama de posibilidades que caben dentro de la palabra familia (no hay una mejor presentación familiar en menos tiempo que la de Shameless, esta vez no desde la mesa, sino desde el baño). Pero muchas, de igual manera, acaban resultando forzadas. Familias rotas en frente de un televisor con sus bandejas de cocina precocinada y una mesita para cada uno, sentados en el sofá. Que no falte el vaso de leche.

En mi familia somos más de reunirnos 30 personas en una cocina, ir criticándonos ferozmente porque a tal cosa le falta sal, a otra le falta horno, otra se ha quedado seca, por el simple gusto de crear conflicto, con un sentimiento casi religioso hacia la producción culinaria. Después de llegar a la mesa, a la que se suman un ejército de niños sucios de a saber qué habrán estado haciendo, se come pegándonos gritos, riendo las gracias, metiéndonos caña, hablando de política, religión, los estudios, los trabajos. Quizás es esto justamente lo que pasa también en el cine: la familia es una concepción casi única, personal e intransferible, y su representación siempre estará sesgada por nuestra propia experiencia, nuestros propios valores y también ideales –lo que aspiramos, lo que nos habría gustado tener–, y nunca nos acaba dejando satisfecho si vemos una intención realista de representación, no solo arquetipos y clichés.

Escrito por Mario Caballero. Más en El Color del Cine.

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