Ferdydurke

Los últimos libros
Antonio Castillo

El primer libro de Luis Cernuda, Perfil del aire, fue acogido con displicencia, cuando no con saña, por la crítica, que no supo o no quiso apreciar sus singularidades y lo metió sin más en el saco de las imitaciones de la «poesía pura» de Jorge Guillén. Cernuda no olvidó nunca el desaire, que recordó en la Carta abierta a Dámaso Alonso y en varios poemas de Desolación de la quimera.

Seis años después, en 1933, vio la luz la primera obra de Witold Gombrowicz, Memorias del periodo de la inmadurez, colección de relatos cortos que pergeñó en el antiguo palacio de Wsola en que vivía su hermano Jerzy y que es hoy un museo dedicado al escritor. Los pocos críticos que se ocuparon del libro recogieron el guante que les brindaba el título para tildarlo de «inmaduro», lo que demuestra una vez más que la estupidez no conoce fronteras.

Lejos de arredrarse, Gombrowicz volvió a la carga con Ferdydurke, obra maestra en la que pretendió demostrar que detrás de muchos esfuerzos creativos geniales está, precisamente, la inmadurez. La publicó en 1937, con Europa noqueada por convulsiones derivadas de un desarrollo acelerado que no conducía a ninguna parte (salvo al desastre) y espoleado por la necesidad de dar respuesta o, como él decía, una «forma» a lo que no pasaba de ser un embrionario juego dionisiaco. Witold exigía una «mayor libertad de palabra» en el coto de la cultura, donde el escritor, en unos casos por ser malo y en otros por ser bueno, poco tiene que decir.

Había nacido en 1904 en Maloszyce, en el seno de una familia noble. Estudió Derecho y Filosofía en París y Varsovia, donde trabajó esporádicamente como secretario de juzgado, disfrutó de la bohemia y escribió sus primeros textos literarios. La Segunda Guerra Mundial lo pilló en Buenos Aires, ciudad a la que llegó invitado junto a otros escritores polacos y en la que se enteró de la invasión de su país por Alemania. Conoció entonces la pobreza, de la que lo sacó un trabajo aburrido en un banco (aprovechaba los tiempos muertos para escribir) que simultaneaba con traducciones, clases particulares y colaboraciones en prensa.

Ferdydurke llegó a Polonia en 1957, durante el periodo de deshielo que siguió a la muerte de Stalin, y el éxito fue tal que los mismos títeres de Moscú que autorizaron la publicación de la novela se apresuraron a ordenar, inquietos por ese fervor popular que escapaba a su control, su inmediata retirada, levantada definitivamente en 1986.

Gombrowicz regresó a Europa en 1963 y escogió Francia como país de residencia. En él conoció a Rita, que primero fue su secretaria y después su esposa, y recibió el reconocimiento que su corta pero influyente obra merecía. Falleció en 1969 en Vence, localidad de la Costa Azul que también acogió a D. H. Lawrence.

 FerdydurkeAl náufrago le interesa sobre todo el humor peculiar, mezcla de Rabelais y Kafka, que recorre el libro e invita al lector a reflexionar sobre la sutil frontera que separa lo solemne de lo frívolo, lo acabado de lo caótico, y recuerda la entrada en escena de la «moderna» Lolita hija del ingeniero en cuya casa se instala Pepe Kowalski, el protagonista, o el momento en que los criados descubren que pueden pegar a sus señores, que solo repudian la nueva realidad cuando ven cercenadas sus libertades. es mucho más que la aguda descripción de la transformación de un treintañero en un adolescente; Ernesto Sabato, que frecuentó a Gombrowicz en Argentina, avisa que lo que de verdad se ventila en esta «payasada metafísica» son los más graves dilemas de la existencia del hombre, entre otros el «nopodermiento» entendido como impotencia ante las imposiciones culturales –pero no solo– que dictan presuntos expertos. Somos como nos ven los demás, así que siempre existe el riesgo de que nos sintamos inferiores o inmaduros.

Witold Gombrowicz

También hay sitio para el amor, siempre libre, siempre alejado de la tónica romántica propia de un mundo convencional y adulto que se empeña en poner trabas a cualquier acto libre. Como dice Sabato, «la realidad no se deja encerrar totalmente en la Forma», una Forma que es «la Madurez, pero también la fosilización, la retórica y en definitiva la muerte». No es extraño, por tanto, que Gombrowicz concentrara su sátira en tres parcelas básicas: la escuela, la vida burguesa y la ociosidad estéril de la nobleza terrateniente, que conocía bien.

El náufrago me cuenta una última curiosidad antes de entregarme el libro: la extraña palabra que le da título no se repite en el interior. El genial Witold dice que la encontró por azar en un diario inglés y le gustó porque no significaba nada, pero en Babbitt, extraordinaria novela de Sinclair Lewis, aparece un personaje llamado Freddy Durkee. Habrá que investigar...

  Ferdydurke (Seix Barral, 2001; Edhasa, 1984). Traducción del polaco por el autor.

 

 

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