La conciencia de Zeno

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Antonio Castillo

Si Zeno Cosini se levantara de la tumba solo el tiempo preciso para percatarse del terremoto causado por sus «inocentes» comentarios, a buen seguro que sonreiría socarrón y, tras encender un cigarrillo que esta vez sí sería el último, volvería sobre sus pasos como si tal cosa, sorprendido por el interés que su más bien anodina cotidianidad despierta entre una legión de lectores que todavía hoy, casi un siglo después de que Italo Svevo lo presentara en sociedad, debaten sobre las razones últimas de su comportamiento, si es que las hay, o sobre si es un tipo decente o un visionario que le da vueltas al caletre porque no tiene otra cosa que hacer.

Cree el náufrago que es la verosimilitud lo que convierte en inmortales a personajes así, seres de carne y hueso que parecen cercanos pese a que su mundo, ese «mundo de ayer» del que habló Stefan Zweig, hace mucho que caducó y que no necesitan el impulso de un argumento trepidante para atraparnos. Cuando Svevo publicó La conciencia de Zeno, los rescoldos de la Primera Guerra Mundial todavía quemaban la sensibilidad de una ciudadanía que recelaba de casi todo y que, como con macabra exactitud se expresa en las páginas finales de la novela, presagiaba un futuro negro para la humanidad.

Segundo hijo de un matrimonio judío formado por un empresario austriaco y una italiana apellidada Moravia, Ettore Schmitz vino al mundo en 1861 en Trieste, donde pasó toda su vida. Recibió una esmerada educación primero en Baviera y después en su ciudad natal, que en aquel tiempo era el primer puerto comercial del imperio austrohúngaro, pero los negocios del padre fracasaron y tuvo que colocarse en un banco en el que permaneció veinte años.

En 1892 publicó su primera novela, Una vida, que pasó sin pena ni gloria y que firmó con el seudónimo por el que es conocido, Italo Svevo, con el que quería conciliar su doble filiación italiana y germánica. En 1898 volvió a intentarlo con Senectud, una historia de amor protagonizada por un literato maduro y una mujer joven que no corrió mejor suerte, desdén que le llevó a guardar silencio y a refugiarse en su esposa y su hija recién nacida. Pero dos sucesos inesperados tuercen esa senda que parecía marcada: entra como socio en la firma comercial de su suegro, lo que le obliga a viajar por Europa, y traba amistad con James Joyce, que daba clases de inglés en la academia Berlitz de Trieste. En 1923 publica La conciencia de Zeno, pieza clave de la literatura del siglo XX.

 ¿Qué tiene de especial esta novela protagonizada por un rentista que quiere dejar de fumar y que, animado por su psicoanalista, decide poner por escrito lo más relevante de su biografía? Más allá del flujo de conciencia que le da título y que todos los teóricos resaltan, al náufrago le asombra la naturalidad e inteligencia con que Svevo desnuda el yo del personaje para mostrarnos las distintas capas de su psique y sus complejas conexiones y convencernos de que, salvando las barreras de tiempo y espacio, ese Zeno a ratos abúlico y a ratos soñador tiene mucho que ver con nosotros.

El escritor triestino apoya ese nuevo punto de vista en una prosa directa y próxima a la lengua hablada que orienta al lector, o quizá lo extravía, en una travesía apasionante en la que nunca sabrá si se le cuenta la verdad estricta o tamizada por el cedazo de un Zeno presto a justificar sus a veces incomprensibles acciones. Este bartleby al que su padre –que le lanza un desconcertante bofetón en su lecho de muerte– pone un administrador porque no se fía de su diligencia, que se casa por descarte y que fracasa una y otra vez en proyectos laborales que no necesita para vivir, es al mismo tiempo un tipo coherente en momentos clave y una autoridad moral capaz de echarse a la espalda el destino de su familia política. O no. Es él quien lo cuenta, así que al lector compete darle mucho, poco o ningún crédito.Italo Svevo

Para Zeno todo son férreos propósitos, desde dejar de fumar hasta iniciar una relación sentimental, y es la intención de ponerlos en práctica más que su cumplimiento lo que justifica una idiosincrasia peculiar y a veces irritante que, en el balance de la madurez, arroja un saldo positivo. No es extraño que, ya al final del viaje, compartamos su ansiedad por el café que unos soldados desabridos le han escamoteado, como si en lugar de la siniestra maquinaria bélica que le rodea fuera la costumbre no satisfecha lo que pusiera en riesgo su vida.

Zeno es ese tipo excéntrico, genio y figura, pero también el anciano lúcido que en la última anotación del libro, fechada en marzo de 1916, augura un futuro apocalíptico que, desde su punto de vista, no va a arreglar el psicoanálisis entonces en boga, por más que el reconocible Doctor S. del prefacio opine lo contrario.

Cuenta la leyenda que, en una recepción en la Casa Blanca, la llamativa vestimenta de Miles Davis escandalizó a la esposa de un político, que le preguntó con cierto retintín qué había hecho para estar ahí. «He cambiado varias veces la historia de la música. ¿Y usted, qué cosas importantes ha hecho, aparte de ser blanca?», respondió el trompetista. Si un maldito automóvil no le hubiera arrebatado la vida en 1928, Italo Svevo bien podría haber presumido, como su amigo Joyce, de cambiar el rumbo de la novela.

  La conciencia de Zeno (RBA, 2010, traducción de Mercedes Rodríguez Fierro; DeBolsillo, 2009, Gadir, 2007, Lumen, 2001 y Cátedra, 1985, traducción de Carlos Manzano de Frutos; Gredos 2003, traducción de Elisa Martínez Garrido; Seix Barral, 1969, traducción de J. M. Belloso).

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