La cruda realidad

BRUTO PERO NOBLE (SUTILEZAS DESNUDAS)
Agustín Madariaga

El gobierno lleva semanas con el mantra de que “la cosa mejora”, de que vamos en la buena dirección, de que ha llegado la hora de que cobremos los dividendos de nuestros sacrificios. Pero equivoca algunas palabrillas: ha llegado la hora de que cobren (ellos) los dividendos de nuestros (de los ciudadanos) sacrificios.

Ese discurso triunfalista puede haber calado en su corte de palmeros pero el barómetro del CIS muestra que las personas que no pisan alfombra mullida y cobran por aplaudir como focas amaestradas no ven esa recuperación por ningún lado. El 89% piensa que estamos igual o peor que hace un año. Las estadísticas convenientemente torturadas dicen lo que el que las encarga quiere que digan pero la cruda realidad es otra cosa. Pueden decir que el PP gana las elecciones cuando en intención de voto declarada más simpatía pierde. Pueden decir que los indicadores macroeconómicos muestran que blablabla… Documentos de miel para edulcorar el amargo trago que nuestros gobernantes ni han probado.

Los asalariados (cada vez menos) ganan de media un diez por ciento menos que antes de que se aprobara la reforma laboral. En 2013 existen los mismos empleos que en 2002, pero entonces España tenía cuarenta millones de habitantes y hoy siete millones más.

El paro afecta a casi cinco millones de personas y hay una buena parte de la población que no sale de las penurias económicas ni cuando consigue un empleo, porque su sueldo es tan insignificante que no le permite ni cubrir sus necesidades básicas. Uno de cada tres niños vive en el umbral de la pobreza y si sus padres no han conseguido más que una educación básica el porcentaje es aún mayor: la mitad de los niños cuyos progenitores no tienen estudios medios se encuentra en riesgo de pobreza.

Esa es la cruda realidad, la que se vive en la calle, en cada casa en la que el padre y la madre trabajan en lo que pueden para pagar las facturas (si es que les llega), el joven que tiene edad de trabajar vive en el subempleo o la emigración en el mejor de los casos y los niños malviven a base del sacrificio del resto de la familia.

El resto –cada vez menos- vive con el temor de formar parte de esa inmensa bolsa de desamparo económico y social. La firma de su jefe, un ERE, un mal paso y se convertirá en uno más de la legión de personas que aspiran sólo a sobrevivir en medio de la tormenta perfecta.

Que los gobernantes se instalen en la autocomplacencia es sólo un síntoma más de lo lejano que está su mundo de la cruda realidad. Así que nadie les cree ni nadie confía en ellos. Y eso ni la mayor tortura a la que se someta a las encuestas lo pueden ocultar.

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