Nuevas fronteras europeas de miedo y odio

EL PLUMILLA ERRANTE
José Antonio Gaciño

Esperaban a los asesinos yihadistas, pero lo que les ha estallado en los estadios han sido aficionados fanáticos de Inglaterra, Rusia o Croacia, con signos evidentes en casi todos los casos de utilizar el fútbol para desahogar sus rabias, como un reflejo de ese clima siniestro que algunos están extendiendo por Europa, volviendo a levantar fronteras de odio, con el miedo como causa y efecto. Miedo por el deterioro de aquel progreso permanente –o, en su defecto, el crecimiento permanente– que en otro tiempo servía para alimentar esperanzas (como la fe en la otra vida, alternativa deseada para compensar más allá las miserias de la vida real de acá). Y miedo a los que llegan huyendo de miserias más profundas, marcados por algunos como chivos expiatorios, supuestos culpables de que el progreso o el crecimiento no continúen a su ritmo y sus frutos no den para todos (no den, sobre todo, para quienes creían ser los propietarios del terreno, sin darse cuenta de que los verdaderos propietarios, los que se han apoderado de los recursos de la tierra, son también los verdaderos culpables de que las migajas que caen de sus mesas no den efectivamente para todos).

Contra esos fugitivos del horror y del hambre batallan también los aislacionistas británicos que quieren retirarse de la Unión Europea por razones totalmente contrarias a las de quienes desearían prescindir de esta Unión Europea cada día más encerrada en si misma, pero para sustituirla por una Europa abierta y solidaria. Para meter miedo, enarbolan el fantasma de una invasión migratoria que pondría en peligro lo que consideran su identidad histórica. Pero quien realmente ha metido miedo es uno de esos defensores de su muy particular identidad –disfrazado de perturbado mental– que asesina a una diputada laborista que defendía y practicaba la solidaridad.

Es fácil echar mano de enemigos exteriores en momentos de confusión, cuando se rompen equilibrios sociales que se creían sólidos, pero puede que los principales enemigos estén dentro, tratando de poner entre paréntesis todo ese enorme trabajo de entendimiento desarrollado desde la última gran guerra civil europea (más conocida como segunda guerra mundial), para recuperar los días tristes de europeos divididos y enfrentados a los que algunos líderes “heroicos” bañaron en sangre y represión.

Esta Europa envejecida ya no está para esos trotes, que pueden llevarle al suicidio de su propio sueño de unidad. Si fuera capaz de superar tantos prejuicios nostálgicos y tanta arrogancia histórica ya inútil, le resultaría más rentable organizar la llegada de refuerzos humanos con nuevas energías, en vez de empeñarse en restablecer fronteras y levantar murallas que, de una manera o de otra, antes o después, la marea humana agraviada o desesperada va a terminar desbordando.

 

@jagacinho 

 

 

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