Stoner

Los últimos libros
Antonio Castillo

Hay en Stoner, extraordinaria novela que John Williams publicó en 1965 y que pasó desapercibida hasta que The New York Review of Books la rescató casi cuarenta años después, una escena magistral y llena de simbolismo: el protagonista, un estudiante de Agricultura con pocos recursos, contiene el aliento mientras intenta desentrañar un soneto. El silencio espeso que se adueña del aula por unos instantes y que el carraspeo de otro alumno acentúa da paso a una apelación del profesor que parece un disparo: «El  señor Shakespeare le habla a través de trescientos años, señor Stoner, ¿le escucha?».

Confiesa el náufrago que esta novela, editada en España por un modesto sello canario e impulsada por reseñas elogiosas como la que escribió Enrique Vila-Matas en El País a finales de 2011 y, después, por un incesante «boca a oreja» practicado por lectores entusiastas, es la última que le ha sobrecogido. Justo es, por tanto, que sea ella la que cierre el capítulo de nuestros encuentros.

Me habla de un tío suyo, un campesino que trabajaba de sol a sol con el solo apremio de su dignidad. Lo recuerda atezado y enjuto, las manos sarmentosas que en los breves instantes de inactividad liaban un cigarrillo. Todavía se pregunta de dónde sacaba tanta energía. Aparecía en el patio a la caída de la tarde y, tras desenjaezar el mulo, se metía en el corral de las vacas para barrer la bosta y ordeñar, y después se ocupaba de las gallinas y del cerdo. Tenía un andar vigoroso que él imitaba en secreto.

Cuando las sombras de la noche empezaban a adueñarse de la pared blanca que había servido de portería, se quitaba la gorra azul y amarilla de Michelin, se bajaba el mono hasta la cintura y se sentaba frente a la jofaina. Ponía en el aseo el mismo empeño que en el resto de las tareas. Cada vez que lo veía lavarse esperaba el milagro de que el roce áspero del estropajo se llevara el tostado de hombros y cuello, pero cuando bajaba la toalla los dos tonos de piel seguían ahí, lo mismo que la barba dura y la mirada triste que apuntaba al horizonte. Era extremadamente generoso. Se mataba para sacar adelante a su prole, pero compartía lo poco que tenía (a la hora de partir apilaba tantos melones en el maletero del coche que no se podía cerrar, y entonces regresaba al patio, eléctrico como siempre, para coger una soga con que asegurarlo).

Los padres de Stoner son también bienintencionados, secos y silentes, como si un misterioso hilo genético conectara La Mancha con la América profunda. Quieren que su hijo tenga la formación de la que ellos carecen para que pueda sacarle partido a la granja a la que consagran su vida, pero actúan sin alegría, como guiados por una suerte de fátum que dicta los pasos a seguir. La dura cotidianidad no tiene secretos y por eso no incomoda, pero al afrontar lo inesperado emerge de ellos una sutil dignidad nacida de lo más profundo y noble del ser humano. Los vemos fuera de lugar en la boda de William, perdidos lejos de su mundo, pero hacen lo que tienen que hacer como mejor saben.

John Williams fue también un estudiante tardío. Había nacido en 1922 en un pueblo de Texas y con apenas 20 años se alistó en el ejército. Tras la Segunda Guerra Mundial se matriculó en la Universidad de Denver y en 1950 empezó a dar clases, tarea que ejerció hasta que se jubiló en 1986. La literatura fue su vida, una pasión que contagió a sus alumnos y que volcó en novelas, poemas y revistas. Murió en 1994 en la ciudad de Arkansas en la que se había instalado con su mujer sin sospechar que, algunos años después, se convertiría en un escritor de culto gracias a su libro más autobiográfico.John Williams

El azar, en forma de soneto de Shakespeare, dicta sentencia y troca un destino ligado a la tierra por otro menos tangible de arte y palabras. William Stoner enseña en el aula en que le enseñaron y se casa con una mujer a la que apenas conoce y con la que descubre el sexo. No hay en la novela grandes acontecimientos y, sin embargo, el lector no puede sino emocionarse con un protagonista que afronta con serenidad los embates de un matrimonio desgraciado y las zancadillas de otros profesores, pero también el cariño de su hija y el amor de una mujer mucho más joven que él. Es un hombre digno, como sus padres, como el tío del náufrago, un personaje inolvidable que merece pasar a la historia de la literatura.

El náufrago me entrega el libro y me mira. Quedan algunos ejemplares en la estantería, pero cree que John Williams puede ser el broche perfecto para unas citas que arrancaron hace casi dos años con Serguéi Dovlátov. Mi biblioteca ha crecido a costa de la suya, y de algún modo yo también me he contagiado de sus gestos y de su forma pausada de evocar un pasado en el que ficción y realidad aparecen tan íntimamente conectadas que es imposible distinguir dónde acaba una y empieza la otra.

Cuando llego a casa paso el dedo por el lomo de los libros que me ha regalado durante este tiempo. Son 83 trozos de vida que me acompañarán siempre. Los últimos libros. Si las charlas que el náufrago y yo hemos mantenido han despertado el interés de los pacientes lectores de este blog por alguno de ellos, habrá merecido la pena.

 

Stoner (Baile del Sol, 2010). Traducción de Antonio Díez Fernández.

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