Un lastre brutal de ochenta años

EL PLUMILLA ERRANTE
José Antonio Gaciño

Ochenta años después de su comienzo, todavía tiene sentido hacer un hueco en las referencias de actualidad para recordar un acontecimiento –la guerra civil española– que ha marcado de manera brutal la memoria de varias generaciones de españoles, hasta el punto de que muchos allegados de víctimas de los vencedores guardaron silencio hasta pasados veinte o treinta años del restablecimiento de la democracia, antes de reclamar la posibilidad de recuperar los cuerpos de sus familiares para enterrarlos dignamente. En algunos casos, han sido los nietos o los bisnietos de los asesinados quienes han superado el miedo de las generaciones intermedias para emprender la búsqueda de fosas comunes improvisadas en barrancos o en cunetas.

Tiene sentido, además, porque esas búsquedas tropiezan en muchos casos con la indiferencia, cuando no la hostilidad, de administraciones que parecen gobernadas por los herederos de los verdugos. Y no se trata de la polémica sobre el nivel de represión en cada uno de los bandos (polémica que, en realidad, está ya más que zanjada por la documentación debidamente contrastada por historiadores de diversas tendencias ideológicas), sino de cerrar, por pura deferencia humanitaria, un capítulo absurdamente enquistado por quienes sacan a relucir lo de no reabrir viejas heridas sólo cuando les conviene (y después de haber estado, ellos o sus antepasados, hurgando en todas las heridas que podían hacer sangrar a los vencidos).

Como dice gráficamente el historiador británico Paul Preston, “la Guerra Civil nunca dejará de ser un fantasma en el banquete de la democracia hasta que se hayan desahogado los resentimientos y los odios asociados con ella”. Ya es hora de que, con una perspectiva de ochenta años, se termine de soltar el lastre de los sentimientos y se sitúe la referencia de la guerra civil en el capítulo de hechos históricos relevantes y decisivos, a partir del estudio de las circunstancias en las que estalló y en las que se desarrolló, a la búsqueda de errores que no se deberían repetir, recordando advertencias que en su día no se atendieron y aprovechando los análisis autocríticos que se hicieron una vez consumado el desastre, autocríticas más abundantes entre los vencidos (al fin y al cabo, más plurales en sus opciones políticas), pero que también practicaron algunos vencedores.

Ochenta años después, no debería haber nadie que se sintiese molesto por la divulgación de las verdaderas dimensiones de tantos mitos como se fueron construyendo sobre el recuerdo de la guerra (por parte de unos y de otros) y que han envenenado la convivencia de los españoles durante varias generaciones. Y los que menos deberían molestarse son los que siguen identificándose con la memoria de los vencedores: ellos tuvieron casi cuarenta años para consolidar sus mitos, así como para localizar a sus víctimas, enterrarlas dignamente y glorificarlas, mientras seguían persiguiendo y humillando a los vencidos como si la guerra no hubiese terminado nunca. Han mantenido también su estatus tras la restauración de la democracia, incluso influyeron en su momento para marcarle ciertos límites y, de vez en cuando, sueltan algún zarpazo para que nadie olvide esos límites.

Como la contundente reacción contra el juez Baltasar Garzón cuando intentó dar cobertura judicial a la búsqueda de los cadáveres desaparecidos en las represalias franquistas. O como la eliminación de la Educación para la Ciudadanía, que no ha dejado de ser una manera indirecta de adjudicar el monopolio del adoctrinamiento a los predicadores de la intolerancia. 

 

@jagacinho

España

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