Una noche de luna

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Antonio Castillo

Caradog Prichard parecía un tipo feliz. Rodeado de amigos, parapetado tras un vaso de whisky, el rostro velado por el humo del tabaco, desgranaba anécdotas hilarantes que prolongaban la reunión, a la que había acudido al volante de un Rolls-Royce alquilado, hasta bien entrada la madrugada. Era el autor de Una noche de luna y también, aunque esto solo los más cercanos lo sabían, un hombre torturado por la sombra de una madre que pasó casi toda su vida en un psiquiátrico.

Prichard nació en 1904 en Bethesda, un pequeño pueblo galés del que salió con 17 años para aprender periodismo en Caernarfon, localidad acostumbrada a acoger a jovencitos juerguistas de los alrededores en la que pergeñó sus primeras poesías y recibió los primeros premios. De allí saltó a Cardiff, donde se hizo un nombre como redactor del Western Mail y se casó, y después a Londres. Durante la Segunda Guerra Mundial fue destinado a la India.

La literatura galesa solía retratar a campesinos y mineros como héroes en lucha contra una aristocracia ociosa y opresiva, pero el joven Caradog quería arrumbar esos clichés para mostrar otros ángulos de la sociedad. Influido tal vez por el recuerdo de su padre, que había muerto cuando él era un bebé y que fue señalado como soplón durante las huelgas de los primeros años del siglo XX, veía también la hipocresía y la decadencia espiritual que algunos pretendían ocultar bajo la noble alfombra oficial.

Empezó a redactar Una noche de luna en 1955, solo unos meses después de que muriera su madre. Quizá fue una catarsis, una manera de ajustar cuentas con ese ser frágil al que visitaba con machacona frecuencia para hablarle de su trabajo, de la hija recién nacida o de un premio literario que acababa de recibir. Ella miraba hacia el infinito y permanecía en silencio. Hacía mucho que no reconocía a nadie.

El náufrago recuerda la entrada de su madre, muy temprano, en la habitación del hospital donde pasó buena parte de su adolescencia. Cuando llovía, el olor dulzón de las solapas del abrigo daba cuenta de otro mundo que él sabía que nunca volvería. Desde la cama veía sus tobillos hinchados, las ventosas de barro en las medias.

Un día a la semana se levantaba al amanecer para coger el expreso. En cada estación se repetía el protocolo: alguien descorría la puerta del compartimento y preguntaba en susurros por su plaza en el áspero asiento azul de escay. El que estaba tumbado se hacía el dormido para no cambiar de postura y los más viejos volvían a bisbisear sobre Madrid, la urbe hostil que les esperaba con las fauces abiertas, y sobre tipos atrabiliarios y tatuados que se escondían en el hueco de las maletas cuando barruntaban la llegada del revisor.Caradog Prichard

Le traía recuerdos de la familia y los amigos. Alisaba el embozo de la sábana blanca y se ofrecía a comprarle una revista, o un bocadillo, o una palmera de chocolate. Lo que él quisiera. No había dormido pero exhibía una energía insólita que extraía de un mandato oculto y ancestral que le permitía multiplicarse para cuidar de los hijos, y del marido, y de la casa, para compartir con él recuerdos que estrechaban su complicidad y para apuntalar un futuro que hasta ese momento era vacilante.

Dice el náufrago que en los últimos años ya no era su madre. Encajada en un sillón desgalichado, enarcaba las cejas frente al televisor permanentemente encendido. Las relaciones personales o la higiene eran códigos que el universo estrecho de su vejez había cancelado con un gesto último de lucidez que marcaba, a los seres cercanos, el camino que había decidido seguir hasta su muerte. Era voluntario, pues, ese aparente no querer a nadie después de una vida de no quererse a sí misma.

El protagonista de Una noche de luna regresa a su pueblo natal en las colinas de Gales. Cada rincón le trae un recuerdo. El niño que fue ve cómo su pequeño mundo se descompone bajo la pesada bota de la Primera Guerra Mundial y su trágico legado de cadáveres, pero también por la corrosiva acción del tiempo sobre una cotidianidad que la inocencia creía armónica. La felicidad simbolizada por el claustro materno contra el que se estrellaron los embates de la dura realidad de la villa minera se troca en desgarro cuando ese ser protector pierde la razón y se convierte en otro.

Lo que le queda al niño que fue Prichard es añorar un mundo perdido. Lo que le queda es debatirse entre la lealtad a la madre trastornada y el deseo por otras mujeres. Lo que le queda es la vida, que como ese Madrid al que se aproximaban hace muchos años los viajeros de un tren lento como una tortuga, espera con las fauces abiertas.

  Una noche de luna (Debate, 1999). Traducción de Ismael Attrache.

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