Viaje a Lesbos: bienvenido a la Costa Fluorescente

LOS MUNDOS DE HACHERO: TESTIMONIO DE UN PERIODISTA; EL RASTRO DE LOS REFUGIADOS
GRECIA

Bienvenidos a Costa Fosforito, la nueva atracción de la isla de Lesbos, la playa que refulge a lo lejos. Y no sólo de Lesbos: la de Chíos, apenas a dos horas, presenta un desarrollo incipiente de este colorido truquillo que llena de colorida vida sus playas. Costa Fosforito brilla desde la distancia, para mayor asombro de los turistas recién llegados, pero también para mayor fortuna de esos molestos refugiados que no dejan de llegar para incrementar, a su vez, el intenso color naranja de las playas de Skala y de Molyva, al norte de la isla. (Fotos: José Luis Hachero).

Y digo fortuna porque cada puntito naranja de la costa corresponde a un refugiado que ha llegado en buen estado a la seguridad de la tierra firme y ahora, una vez despojado de la molesta carga, deambula por las carreteras de la isla: y de ahí lo de esos molestos refugiados, que todo lo llenan y a cada rincón te encuentras.

‘Cada chaleco tirado es una tragedia’, dice Óscar Camps, el director de la ONG Proactiva Open Arms. Y miro el suelo y veo patitos de goma, flotadores con caballitos azules y pulpos rojos, me encuentro a Caillou y pienso indefectiblemente en mi hija, y allá unas zapatillas rotas que abraza a un abrigo tieso de sal. Los flotadores negros parecen más serios y fúnebres e invitan a pensar en náufragos hundidos mientras que los coloridos naranjas se antojan más optimistas. Entre un enorme montón de chalecos naranjas y azules unos voluntarios daneses han encendido un fuego y esperan relajados la siguiente oleada de pateras. ¡Cómo perdemos la sensibilidad una vez que nos acostumbramos al drama! ¡Y qué mejor aquí, en este país, que tiene una ciudad al norte que se llama así: Drama!

Costa Fosforito

Costa Fosforito es un lugar fascinante por el que pasear, si es que usted que me lee tiene el suficiente equilibrio para saltar cuan cabra montesa de goma en goma, de flotador en flotador, de chaleco en chaleco. Los voluntarios nórdicos, que son gente concienciada, los recogen cuando pueden, acampan entre ellos, aguardan nuevas embarcaciones usándolas de banderolas con las que llamar la atención de los menesterosos, los arrastran hasta una esquinita esperando que se obre el milagro del camión de la limpieza. Los mediterráneos los miran con curiosidad indudable pero con poco celo higiénico.

A pesar de todo, los camiones de la basura pasan regularmente por las mañanas y van cargados con plumas para limpiar en la medida de lo posible. La mitología griega es rica en narraciones en las que el destino o la astucia se empeñan en deshacer lo hecho y en borrar lo dibujado. Pienso entonces en la esposa del Odiseo, la tal Penélope, destejiendo por la noche el sudario que tejía de día para evitar a los buitres que la pretendían dando por muerto al rey de Ítaca.

Y luego está Sísifo, el tipo que sufre la eterna condena de subir a lo alto de un pico una enorme roca que rodará inmisericorde ladera abajo apenas alcance la cima, y pienso en él cuando veo a los basureros de Skala y Molyvos recogiendo toneladas de chalecos salvavidas por la mañana para comprobar, antes de caer el sol, que han vuelto a crecer. ‘Demonios’, dice uno de los funcionarios mientras la grúa eleva a los cielos un enorme montón de chalecos fundidos entre sí, fundidos con los guijarros de la playa, fundidos con el agua y alguno puede que confundido por la prodigalidad de prendas hermanas. Porque aquí y allá hay chalecos salvavidas, chalecos que salvan pocas vidas porque las que llegan sanas y salvas no han necesitado de sus servicios pero las que sí requieren que los chalequitos den el do de pecho no encuentran más que cacharros inútiles (en la mayoría de los casos) que absorben más agua de la que repelen. ‘Ha bajado mucho la pesca’, me dice un abuelo a bordo de su pesquero en la isla de Chío, ‘el mar está lleno de plásticos…’.

El plástico flota

Y Costa Fosforito da buena fe. El plástico flota a la deriva por el Mediterráneo, se acumula en grandes montones en las orillas, en los arcenes, en las cunetas. Los chalecos salvavidas penden de arbustos en lo alto de riscos inaccesibles, flotan apacibles junto a las rocas afiladas de un acantilado, te observan misteriosos tras la hierba rala de una pendiente. ¿Cómo ha llegado este chaleco aquí?, me pregunto una vez mientras camino en el punto más alto de un promontorio, o me pregunto otra vez varios kilómetros tierra adentro, o me pregunto una vez más en la calle de un pueblecito pesquero y turístico.

Sísifo fue rey de Corinto y alcanzó fama de chulo atrevido porque delató a Zeus, nada menos que rey del Olimpo, y engañó a Tánatos, señor de la Muerte, como tantos refugiados que creen engañar a la Parca con estos chalequitos naranjas cuando en realidad se engañan a sí mismos porque a Tánatos, Zeus, Sísifo y la misma Unión Europea se las trae al pairo lo que pueda pasar en estas aguas. Claro que, como decía, Sísifo también tuvo su castigo y fue el subir una piedra montaña arriba que siempre escapaba de sus manos en el último momento y se escurría ladera abajo. El basurero me mira y repite con cierto hastío: ‘demonios’. Y también lo digo yo: ‘demonios’: otra embarcación se acerca, llena de puntitos naranjas, dedos que hacen la señal de la victoria. La piedra de Sísifo ha vuelto a rodar ladera abajo…

@jsanchezhachero

http://www.losmundosdehachero.com/viaje-a-lesbos-bienvenidos-a-costa-fluorescente/

 

 

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