Colombia: la muerte va por barrios
Jairo Martínez fue asesinado el viernes pasado junto a su casa de Montería, en el departamento de Sucre, y la noticia ha tenido más eco fuera de su país, Colombia, que dentro. El presidente de la nación, Juan Manuel Santos, le dedicó un recuerdo póstumo en forma de twitter, los líderes campesinos han vuelto a poner el grito en el cielo y la prensa lo ha recogido de manera testimonial: Jairo Martínez ha muerto. Pero detrás de su óbito se encierran cifras y hechos que harían palidecer a cualquier gobernante de bien.
Porque Jairo Martínez es el activista número sesenta que muere asesinado exigiendo la devolución de tierras a los campesinos desplazados, sesenta en cinco años, diecisiete desde que el gobierno de ese presidente que lamenta estas muertes por twitter promulgara una ley que prevé la devolución de esas tierras a sus propietarios legítimos, normalmente desplazados por comandos paramilitares al servicio de grandes terratenientes. El presidente pretende devolver nada menos que tres millones de hectáreas, que son tres millones de campos de fútbol, y ni aún así se acercará a la cifra final, que las administraciones cifran en el doble y los afectados en mucho más. Una muerte, la de Jairo, que colma un vaso tantas veces colmado que el líquido forma letras de sangre en el suelo al estilo de las novelas de Gabriel García Márquez.
Porque la muerte de Martínez coloca durante unos días bajo la luz de los focos que los campesinos desplazados no pueden ni reclamar lo que es suyo porque los matan. Pero no son los únicos. Durante dos mil once, Colombia tuvo el honor de liderar la lista de sindicalistas asesinados, nada menos que veintinueve, y si hablamos de profesores tenemos que recordar a los novecientos cuarenta y nueve muertos en una década, o si hablamos de aspirantes a cargos democráticos, como alcaldes o gobernadores, durante dos mil once cayeron abatidos treinta y dos. La muerte en Colombia es así, va por barrios, y generalmente va siempre por los mismos barrios.
Postrer ejemplo: la última vez que las FARC intentaron desmovilizarse y abandonar las armas, presentaron a la sociedad un partido político al que llamaron Unión Patriótica. Un partido que, al poco de nacer, ya se situó como tercera fuerza en el país. En seis años cayeron asesinados sus dos candidatos presidenciales, ocho congresistas, trece diputados, setenta concejales, once alcaldes y alrededor de cinco mil antiguos guerrilleros desmovilizados. Un genocidio, otro más, que añadir a la lista de asesinatos ‘por barrios’, ‘por profesiones’, ‘por oficios’, ‘por estar donde no debes’. Un motivo más para los que creen que la guerrilla seguirá dando guerra durante muchos años porque materia tienen por la que protestar y porque la alternativa no es otra que acabar como los sindicalistas, los profesores o los campesinos: enterrados con un disparo en la cabeza.

















Comentarios
Enviar un comentario nuevo