Cuidado con el clarinete
Hoy no tengo ganas de escribir de política. Y mucho menos de economía. No quiero perder el tiempo tejiendo indignados argumentos contra quienes se empeñan en la injusticia; no me resignaré a la incendiaria soflama; no perderé el tiempo y mi paciencia en el grito diferido. No, hoy que este mundo se conmueve porque perderá estómago y bisutería a mí, lo que me apetece, es escribir de otra cosa, llámenme escapista si quieren.
Hoy me gustaría escribir, por ejemplo, de los versos de Valente que me conmovieron aquella noche frente al mar de Cádiz. O del piano de Bill Evans -escoltado por Scott Lafaro y Paul Motián- en el inolvidable vals que le dedicó a su sobrina Debby. O de una novela. Aquí me meto en un lío: me gustan tanto las novelas, que no sabría elegir una sola. Para saciar el hambre desayunaría café con Camus, almorzaría Gabo en salsa de Vargas Llosa, y de cena me haría a la plancha cualquiera de los libros de Antonio Muñoz Molina. Y como entremeses irían cayendo de a poquito unos cuantos versos de Angél González, de Caballero Bonald, de Gamoneda... Y, no lo duden, me iría con hambre a la cama (de noche asalto la despensa, donde siempre guardo una buena ración de Borges).
Podría, claro, hablar de fútbol. De aquellas tardes en el viejo Domecq –territorio que transita con gusto mi memoria- o de los dos años que frecuenté Carranza, donde mi profesión me hizo conocer a un puñado de tipos que jugaban al fútbol como los ángeles. De aquel Cádiz de Mágico González, que me curó para siempre de la alergia al amarillo que padecemos los xerecistas.
Podría escribir de ciudades y viajes. De la nieve en Florencia o Moscú; de un arroz en Tabarca; de interminables tardes de ribeiro y ostras en Vigo con mi amigo Quino; de una noche de fútbol y violencia en Londres; podría escribir de amigos, de los pocos que van quedando y de los muchos que ya no están.
Podría, en fin, escribir de un cuarteto de jazz que escuché una noche con devoción en Lisboa. Lo que pasa, es que cuando lo hago me dan ganas de coger el clarinete y partírselo a alguien en la cabeza.

















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