Fulgor francés apagado por la crisis
En el panorama estático de una Europa agarrotada por la crisis, la llegada a la presidencia de la República Francesa del socialista François Hollande, hace tres meses, había levantado unas lógicas expectativas. Era la referencia de izquierda en un escenario casi absolutamente controlado por la derecha, aunque sólo pretendiera matizar la austeridad a ultranza y compensarla con medidas de impulso al crecimiento.
En la primera cumbre de la Unión Europea en la que participó, el pasado mes de junio, logró sacar adelante un plan para reactivar la economía, frente al criterio de los más dogmáticos partidarios de los recortes (Alemania, Finlandia, Holanda, Austria… ), y apoyó a Italia y España en su infructuosa batalla por conseguir una actuación decidida del Banco Central Europeo contra la especulación financiera en torno a la deuda pública, con eurobonos o con otras fórmulas que siguen sin concretar.
En su política doméstica, Hollande aportó una visión radicalmente diferente de los necesarios recortes del gasto público. En vez de castigar sistemáticamente a los sectores menos favorecidos, como ha venido siendo general en la UE en estos años de crisis, aplicó los recortes más drásticos a los salarios de gobernantes, altos cargos y diputados, así como a las grandes fortunas (una tributación especial del 75 por ciento a quienes ganan más de cinco millones de euros al año) y a los subsidios a la iglesia católica.
Pero el convencional balance de los cien días se realiza ahora sobre una imagen apagada del líder socialista francés, después del fulgor de sus primeras semanas. La lentitud proverbial de la burocracia europea, junto con el obstruccionismo deliberado de los grandes dinosaurios de la austeridad, han convertido en borroso recuerdo el plan de reactivación, y cada vez hay más dificultades para que la UE aborde la crisis con una visión de conjunto y no con la cicatería de quien reclama hasta el último céntimo y de forma inmediata.
Para colmo, hasta en su propia política doméstica aparecen borrones, como ese estallido de violencia juvenil en Amiens frente a una actuación policial como mínimo imprudente, por no decir desproporcionada y provocadora. O como la continuación de las expulsiones “administrativas” de gitanos rumanos (es decir, ciudadanos de la UE), que, además de racistas y contradictorias con la política migratoria prometida por Hollande, son absolutamente inútiles (los gitanos expulsados, mediante una indemnización, sólo se comprometen a no volver a Francia durante los siguientes seis meses). Misterios de la política de seguridad, en la que tan mal suele moverse la izquierda, mientras tanto favorece a la demagogia de la derecha.
Quizá sea sólo un político más de los que se han quemado (o se están quemando) con la crisis. De cualquier signo, más a la derecha o más a la izquierda, como suele decirse. Se queman políticos y se queman opciones concretas y parciales. Como se queman los sectores sociales más castigados por la precariedad. Al principio de la crisis, algunos pensaron que podía quemarse el propio sistema económico habitualmente innombrado (ya saben, el sistema capitalista). Todavía hay quien profetiza que este es el principio de su fin, algo que ya se decía en el siglo XIX y que periódicamente se repite.
Pero, de momento, el sistema resiste, con todo su potencial de desigualdad y despilfarro, incluso reforzado después de una crisis como esta, que le está permitiendo soltar lastres sociales que cierto pánico coyuntural de posguerra le había obligado a cargar. Desgraciadamente, Hollande puede ser sólo una anécdota temporal.

















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