La Europa mediterránea, periferia deprimida
Cuna en otro tiempo de civilizaciones que llegaron a marcar el rumbo de la humanidad, escenario siempre de relaciones intensas, para bien o para mal, para el intercambio fecundo o para la confrontación destructora, el Mediterráneo (en mitad de la tierra, algo así como el ombligo del mundo en momentos históricos determinados) baña hoy, junto a las ruinas arqueológicas reales, otras ruinas metafóricas de una Europa que, a modo de la Penélope homérica, teje y desteje continuamente la tela de su unidad, o que parece condenada, como Sísifo, a subir a la cumbre, una y otra vez, la piedra de su construcción, que, inexorablemente, vuelve a caer al abismo.
Eso en cuanto a la orilla norte. No le va mejor a su orilla sur, cuando ha pasado más de un año desde aquella primavera árabe esperanzadora, que ha ido teniendo resultados desiguales, ni tampoco a la oriental, donde sigue enconada la particular primavera siria bañada en sangre, además del encono perpetuo del conflicto entre palestinos e israelíes. De los intentos por crear una zona mediterránea de cooperación entre el norte y el sur apenas debe de quedar alguna plataforma diplomática que, desde luego, no funcionó en apoyo de la democracia para la ribera sur, quizá porque, en el fondo, se consideraba más simple y más “práctico” entenderse con los dictadores.
La Europa mediterránea se ha convertido en la periferia deprimida del viejo continente, por méritos propios (los indolentes del sur, en opinión de nórdicos supuestamente trabajadores, competitivos y responsables) o por esquilmación especulativa de los bancos del norte y del sur, o quizá por las dos causas, simultánea o sucesivamente, y alguna más que cada cual añade como aportación sociológica pintoresca. Periferia sometida a un tratamiento de choque para despertarla de un sueño de prosperidad, tan fugaz como falso, que le había llevado a pensar que había ingresado en un selecto club de ricos cuando, en realidad, sólo forma parte de la servidumbre.
Ahí está Grecia: al borde de la expulsión. Y eso que habían atemorizado a sus ciudadanos para que, en las últimas elecciones, no votasen a la izquierda radical que supuestamente les iba sacar del euro. Ahora, después de que volvió al gobierno la derecha tramposa, se empieza a hablar de echarlos del “paraíso” de la moneda común.
España e Italia recortan cada día más para calmar a unos mercados que, sin embargo, sólo parecen reaccionar –y ya se verá por cuánto tiempo– ante las insinuaciones del presidente del Banco Central Europeo. Recortan, no ya para pagar la deuda, sino para poder seguir endeudándose cada vez más en busca de liquidez que permita que siga funcionando el aparato del Estado, en una carrera contra los intereses de la que no se sabe a cuánta distancia está la meta, ni siquiera si hay meta. Ya dirán desde el norte, alguna década de estas, cuándo se crecerá y se creará empleo.
Hace ya como cuatro siglos que el Mediterráneo dejó de ser el eje de Europa, para situarse más bien en torno al Rin y al Danubio. De los enfrentamientos nacionales y económicos que llevaron a los europeos al borde del abismo el pasado siglo parecía que se había sacado la lección de que sería más productivo entenderse y cooperar. Los desequilibrios mal ajustados han vuelto a reventar con la crisis y han quedado al descubierto los defectos de diseño de la embarullada maquinaria institucional europea.
Para corregir los defectos, y siguiendo la lógica del sistema económico que nos rige, parece que se ha decidido sacrificar a los más débiles, procurando, si se puede, que no les salpique la sangre a los más fuertes.
Y a falta de otras esperanzas más reales, que los míticos dioses de la vitalidad mediterránea se apiaden de nosotros.

















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