Paraguay: Los burgueses del Chaco
Corría el año de 1544 cuando el jerezano Alvar Núñez Cabeza de Vaca soliviantó los ánimos de sus súbditos, los vecinos de Asunción, en el Paraguay, y terminó encadenado y deportado a España para ser juzgado por traición y abuso de poder. El héroe del épico libro ‘Naufragios’, uno de los conquistadores más queridos por los indígenas por la defensa de las causas sociales, necesitó años para demostrar su inocencia y que las cadenas se las impusieron los que llamaré burgueses del Chaco para defender sus inmensas fincas de negreros.
En 1721 fue un vecino del Puerto de Santamaría, Diego de los Reyes Balmaceda, el que ejercía de gobernador de Asunción, y casi por extensión de todo el Paraguay, cuando los vecinos lo expulsaron del poder acusado de maltratar a los indios y de robarles las tierras. Detrás se encontraba, precisamente, todo lo contrario: los vecinos de Asunción, los burgueses del Chaco, exigían más esclavos para sus tierras y pretendían que el de Cádiz les entregara a los prisioneros como carnaza y dejara de frecuentar a los jesuitas, tan defensores ellos de esos indios andrajosos.
Medio siglo después le tocó a un sevillano, Francisco de Paula Bucarelli, arrasar las misiones guaraníticas, la gran obra de los jesuitas en el cono sur, una cadena de poblados en los que los indígenas tenían tantos o más conocimientos que los atildados vecinos de Asunción. El sevillano redujo la obra a cenizas, nos obsequió con imágenes que dieron buen resultado en la película La Misión y el Paraguay acabó nuevamente hundido en una depresión traumática en la que sólo pescaban, cómo no, los burgueses del Chaco.
El último ejemplo de vida atribulada dedicada a los más pobres y cortada por la bota del burgués del Chaco vive todavía, es de Sevilla y todos le conocen como Pai Oliva. Francisco de Paula Oliva dedicó su vida con tanto ahínco a los más pobres del Paraguay que llegó a renunciar a la nacionalidad española para que los matones de Stroessner no pudieran expulsarlo del país. Pai Oliva fue zarandeado por el régimen, amenazado por el ejército y casi ejecutado por los soldados. Su crimen: luchar por los más pobres.
Fernando Lugo no es andaluz pero sí que ejerció de sacerdote, de cura y hasta de obispo. Un obispo peculiar, que sembró de hijos buena parte de su país, que escaló en política hasta llegar a la presidencia y que, ahora, experimenta lo que sintió Núñez Cabeza de Vaca o el Pai Oliva. Apostó por la teología de la liberación, confió en la reforma agraria, se multiplicó para asegurar la salud pública y universal y hasta le plantó cara al poderoso vecino brasileño para recuperar la soberanía energética. El resultado es el de siempre. Sus compañeros del Parlamento han utilizado una confusa y violenta toma de tierras en una finca para sentenciar a su presidente, expulsarlo por las bravas y colocar en el poder a uno de los suyos. Un nuevo burgués del Chaco.

















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