Tramposos de confianza

El plumilla errante
José A. Gaciño

Ya lo dijo el ex ministro franquista Laureano López Rodó cuando se presentó Alianza Popular, en octubre de 1976, todavía como una federación de asociaciones políticas: “La política hace extraños compañeros de cama”. La frase sonó entonces muy atrevida, sobre todo porque la pronunciaba un conspicuo y célibe socio numerario del Opus Dei, y algo chocante, porque se estaba refiriendo a la alianza entre siete ex ministros del franquismo, cada uno de los cuales lideraba su propio grupo diferenciado, en una especie de canto agónico a la supuesta pluralidad de la dictadura clausurada.

De emparejamientos contradictorios está llena la actividad política desde tiempos inmemoriales y lo seguirá estando, a veces incluso para bien (el grado de entendimiento entre el franquista Adolfo Suárez y el comunista Santiago Carrillo, por ejemplo, fue un factor claramente positivo en la transición democrática española tras la muerte de Franco). Por eso no hay que sorprenderse de que, desde la cúpula (y buena parte de la opinión pública) de la Unión Europea, se saludase con alivio el triunfo del partido conservador Nueva Democracia en las últimas elecciones griegas.

A estas alturas de la crisis, poco puede importar ya que Nueva Democracia gobernase en Grecia cuando se maquillaron las cuentas públicas, con los productos financieros inventados por Goldman Sachs, para entrar en el euro. En realidad, puede que todos en la UE estuviesen en el ajo (en aquellos años, hasta Alemania y Francia se pasaban en los límites del déficit público), por mucho que unos años después, ya en plena crisis, Nicolas Sarkozy denunciase el engaño, con cierto desprecio de economía superior hacia la supuesta picaresca del inferior.

Y tampoco importará mucho que Antonis Samarás, el nuevo primer ministro acogido poco menos que como salvador del euro, se haya dedicado durante los últimos años a boicotear todos los intentos desesperados del gobierno del Pasok para acomodar sus cuentas (en España, también hay experiencia del espíritu “colaborador” de la derecha cuando está en la oposición).

Pero, como en la frase atribuida a Franklin D. Roosevelt sobre el dictador nicaragüense Anastasio Somoza –“puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”–, quizá la UE entienda que Nueva Democracia y Samarás son unos tramposos y unos saboteadores, pero son sus tramposos y saboteadores de confianza. Nada que ver con ingenuos izquierdistas radicales que pretendían renegociar la penitencia impuesta a la inmensa mayoría del pueblo griego por los pecados de su clase dirigente.

Y para conseguir que un porcentaje suficiente del electorado griego apoyase a los tramposos, la UE desplegó toda su artillería de campaña (electoral, por supuesto) para amenazar con todos los males del apocalipsis, si los resultados de las elecciones no se ajustaban a la política del sacrificio. No se puede negar que la propaganda del miedo causó su efecto.

Por seguir con el símil nicaragüense, a Estados Unidos le costó más tiempo y dinero, además de abundante sangre nicaragüense y hasta una comisión de investigación en el Senado, conseguir que Violeta Chamorro desbancase en las urnas a los sandinistas en febrero de 1990: organizar y financiar (incluso con la venta clandestina de armas al enemigo Irán, que fue lo que terminó investigando el Senado) una guerrilla contrarrevolucionaria que hostigó desde 1981 a 1990 al régimen revolucionario que había logrado derrocar a los Somoza en 1979 y que, como consecuencia del acoso de la “contra”, tuvo que recortar sus programas sociales y dedicar hasta el 60 por ciento de su presupuesto a gastos militares, así como ampliar el servicio militar obligatorio. Con mucho mayor grado de desesperación que los griegos de hoy, una mayoría de votantes de Nicaragua, en el libre uso de su miedo, decidió entonces poner fin a la agresión apoyando a los representantes de los agresores.

En realidad, todo ese juego de quién se acuesta con quién, políticamente hablando, como ese tipo de injerencias manipuladoras en la orientación del voto, que degradan el ya estrecho margen de participación ciudadana, lo que hacen es poner de manifiesto el nivel de déficit democrático en la toma de decisiones. Sólo hay que ver quiénes provocan las crisis, quiénes se benefician de ellas y quiénes terminan pagando las consecuencias.   

 @jagacinho

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