América busca alternativas al prohibicionismo

El plumilla errante
José A. Gaciño

Aunque sólo se han puesto de acuerdo para seguir discutiendo sobre un informe, el resultado de la 43ª Asamblea General de la Organización de Estados Americanos, que se acaba de celebrar en Guatemala, ha merecido el calificativo de histórico. El informe, encargado en la Cumbre de las Américas celebrada en Colombia hace un año, analiza el tráfico de drogas en el continente americano y abre el camino para considerar “alternativas a las políticas prohibicionistas actuales y las posibles consecuencias de la legalización”.

En la asamblea, hubo reacciones para todos los gustos pero nadie quiso romper el debate y, aunque no se ha avanzado en medidas concretas, todos han quedado comprometidos a seguir debatiendo. Un paso adelante, con respecto a la cerrazón habitual sobre esta cuestión, similar a la de los responsables de la Unión Europea ante la crisis financiera: que, a pesar de que es evidente el fracaso de la política que se sigue –el austericidio en la crisis, el prohibicionismo en las drogas–, los gobernantes insisten en que es la única política posible.

Cierto que, en la práctica, ha ido abriéndose paso en algunos países una cierta tolerancia, a partir de la despenalización de la posesión de muy pequeñas cantidades para consumo personal, algo hipócrita porque no siempre se permite el cultivo personal de plantas con las que se pueda fabricar la droga y en ningún caso está legalizado el tráfico que permita a los consumidores adquirir sus dosis. En Holanda, por ejemplo, roza la esquizofrenia: hay cafés autorizados a vender cannabis a los clientes para su consumo en el local, pero los propietarios de los cafés tienen que adquirir su mercancía de forma clandestina (al menos aparentemente) porque el tráfico de mayorista a minorista es ilegal.

No es casual, de todas formas, que los primeros pasos para cambiar una política fracasada se empiecen a dar en América. En el sur del continente americano están algunos de los mayores productores de droga. Su transporte a través de la América central produce niveles de violencia y delincuencia de los mayores del mundo. Y en Estados Unidos se concentra el 44 por ciento de la venta minorista de droga de todo el mundo (en Europa, el 33 por ciento). Un estudio realizado en 2003 por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito calculaba que la droga movía en todo el mundo unos 320.000 millones de dólares, un 0,9 por ciento del PIB mundial. El 47 por ciento, unos 151.000 millones de dólares, se movía a lo largo del continente americano. Naturalmente, más del 60 por ciento de ese dinero se concentraba en el mercado minorista estadounidense.

Los antiprohibicionistas consideran que las drogas, en principio, no son ni buenas ni malas. Depende de su uso o de su abuso. De hecho, hay drogas legales, como el alcohol, tan potencialmente nocivas como las ilegales. Una información exhaustiva sobre la prudencia en el consumo (la “sobria ebriedad” de la que habla Antonio Escohotado, uno de los activistas españoles a favor de la legalización de los estupefacientes) puede ser más eficaz para prevenir sus efectos en la salud y más barata que todo el despliegue prohibicionista, que ha terminado engendrando un monstruo de criminalidad que maneja más recursos financieros que muchos estados y que extiende la corrupción incluso entre quienes están encargados de combatirlo.

En Uruguay se ha dado el primer paso para regular la producción, venta y consumo de cannabis. En Guatemala, país donde se ha celebrado la asamblea de la OEA, se propugna una regulación de las drogas en todo el continente. Y en los estados de Colorado y Washington, en Estados Unidos, se ha legalizado el consumo de marihuana.

Los efectos contraproducentes del prohibicionismo ya se habían hecho patentes con la “ley seca” que rigió en Estados Unidos entre 1919 y 1933 y que se convirtió en la rampa de lanzamiento de todo un movimiento de grupos mafiosos. Como se había comprobado que de la gran depresión de 1929 no se pudo salir hasta que llegó Roosevelt en 1933 con su política keynesiana de inversión estatal para promover el empleo.

 En Europa ya llevamos un año más que el presidente republicano Hoover en aquellos años insistiendo en el compulsivo recorte del gasto público. Insistiendo en imponer el sacrificio por encima del goce a la inmensa mayoría, tanto en las finanzas como en las sustancias euforizantes.

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