Balance sin salir de la crisis

El plumilla errante
José A. Gaciño

Termina un año y la tentación de hacer balance es casi irresistible, sobre todo si uno repasa y descubre que ya ha dejado en esta nube de plumilla errante exactamente cincuenta artículos, desde aquel 21 de diciembre de 2011 en que esta aventura digital hizo su primera aparición. Claro que el balance no es precisamente alentador. El primer impulso es volver a repetir aquel primer artículo, titulado “Las injustas carambolas de la crisis”. Se conserva tan fresco y actual como el primer día, y eso que entonces todavía no había tomado posesión el actual gobierno de España y la herencia recibida estaba intacta. Bueno, como ahora, que todavía sirve de muletilla a quienes no han hecho otra cosa que continuar la senda marcada aquel día de mayo de 2010, cuando un presidente de gobierno socialdemócrata decidió asumir personalmente el rumbo neoliberal fijado por la Unión Europea. “Cueste lo que cueste, y me cueste lo que me cueste”, dijo, y todavía le está costando a su partido un rosario de derrotas electorales que no sabe cómo parar.

La crisis estuvo presente, de una manera o de otra, directa o indirectamente, prácticamente en todas las reflexiones que fueron apareciendo en este espacio (y que siguen estando aquí almacenadas, que ese es uno de los prodigios de este revolucionario avance de la comunicación universal). Por mucho que uno tratase de abrir nuevas preocupaciones en las arbitrariedades corporativistas contra Baltasar Garzón, en las especulaciones de Ruiz-Gallardón sobre la esencia femenina o en los escrúpulos sexistas de los académicos de la lengua, incluso en el bosón de Higgs, el escenario de precariedad que la crisis ha provocado en Europa, sobre todo en su periferia meridional, terminaba apareciendo detrás de cualquier matiz colateral.

La crisis afectó a los derechos humanos en todo el mundo, a las maniobras para controlar Internet, a la memoria histórica (aunque se remontara a los doscientos años de la Constitución de Cádiz), al internacionalismo proletario que nunca existió o a las preocupaciones de Vargas Llosa por la trivialización de la cultura (aunque él no quiera reconocer que sus queridos neoliberales recortan las necesarias subvenciones a esa cultura con mayúsculas para la que reclama respeto).

Por culpa de la crisis, ya ni se habla del calentamiento global, aunque cada vez queda menos margen para intentar controlarlo. Sorprendentemente, en cambio, la situación de crisis no sirve para afrontar el problema demográfico de una forma racional y global (de todo el globo terráqueo): en un país como España, que se acerca a los seis millones de parados, el pensamiento oficial se lamenta de que el índice de natalidad está bajo.

No es cuestión de amargar la cena de fin de año –cada año más ajustada a presupuestos familiares en retroceso (para la gran mayoría, por supuesto)–, pero bien podemos despedir 2012 con palabras muy semejantes a las que empleaba a finales de 2011, cuando comentaba que, una vez que no quede cinturón que apretar y todos los grandes acreedores hayan cobrado todos sus intereses, quizá se empiece de nuevo a crear puestos de trabajo. “Para entonces, decía, cualquier trabajador aceptará cualquier empleo con cualquier salario y en cualesquiera condiciones de horario, disponibilidad o movilidad”. Ya se podía prever con las primeras reformas parciales del gobierno anterior en materia de relaciones laborales. Después de la reforma total del actual gobierno, la seguridad es completa.

Es momento de releer a Charles Dickens, de cuyo nacimiento se cumplieron dos siglos en febrero de este año que terminamos.

@jagacinho

España

(C) El Diario Fénix 2011        Contacto:  [email protected]