Brasil: pan y fútbol

Las cosas como son
Agustín Castellote

 Cuando faltan muy pocos días para que se alce el telón del mundial de fútbol, el mundo entero mira con recelo hacia Brasil entre la ilusión por el gran espectáculo deportivo que está a punto de comenzar y la incertidumbre de unas revueltas sociales que han puesto su punto de mira en el gran evento futbolístico.

Y es que ningún país se define a través del fútbol como Brasil, es parte de su identidad, el símbolo de los brasileños y una auténtica pasión que nace en la calle, en las favelas o en la playa, con unos pies descalzos y unos balones de trapo hasta convertirse en algo más que un juego, formar parte de su cultura y ser entendido como una religión cuyos actores principales, Pelé, Didí, Garrincha, Ronaldo, Romario y compañía configuran la élite de este juego a lo largo de la historia,

A través del fútbol, Brasil graduó importantes barreras sociales, en sus comienzos, con el mestizaje racial y a través del fútbol Brasil ha transmitido al mundo una forma de entender la vida con rasgos característicos. Pero ciertas señales de inquietud en estos meses han puesto el foco en este deporte en las semanas previas al campeonato ¿ Por qué gastar el dinero en la construcción y remodelación de estadios, cuando se necesitan urgentemente hospitales, escuelas y seguridad?¿ Por qué gastar ese dinero en cosas superfluas y prescindibles cuando el país agoniza en temas sociales?. Estas preguntas y los evidentes problemas que vive Brasil, con unos políticos que sitúan la emergente economía brasileña como una de las principales del mundo mientras el día a día nos presenta una realidad bien distinta, han hecho que se encendiera la chispa, aprovechando la resonancia del campeonato, y las continuas protestas, manifestaciones y enfrentamientos con la policía, prometen un torneo caliente para intentar mostrar al mundo el Brasil más profundo.

Las posibilidades de diálogo a pocos días de que el balón eche a rodar son nulas, la rebelión que empezaron los jóvenes la han continuado, por un perverso efecto contagio, el resto de la ciudadanía al obtener respuestas contradictorias a sus demandas, en unas reivindicaciones que no parecen tener líderes claros y que van surgiendo, por necesidad, de forma espontánea. En este clima, la cólera por las evidentes desigualdades se ha centrado en el gran escenario del fútbol y sus consecuencias parecen insospechadas.

Los brasileños que aman el fútbol, que sienten pasión por el fútbol, quieren que el fútbol vuelva a ser, como antaño, el espejo para graduar enormes barreras sociales que les martirizan y aunque muchos pretendan separar deporte y política, eso es imposible y menos con el fútbol y muchos menos en Brasil.

A pocos días del mundial, el país del fútbol, de las chicas exuberantes, de la música, de la fiesta y el carnaval quiere mostrar al mundo que son, algo más que todo eso.

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