Corruptos, trincones y mirones

LAS COSAS COMO SON
Agustín Castellote

Cuando se está en medio de la adversidad, ya es tarde para ser cauto”, decía Séneca, intentando explicar cómo los problemas se atajan en su raíz sin dejar que la metástasis envenene el sistema. España, los españoles de a pie, los honrados, los honestos, los que pagamos religiosamente los impuestos, los que no cobramos comisiones, tenemos cuentas en Suiza o tarjetas black, los que vivimos agobiados por la hipoteca y tenemos el bolsillo vacío, aunque la conciencia limpia; los que nos ajustamos el cinturón, una y mil veces, para que otros luzcan sus orondas barrigas, asistimos perplejos al nivel de podredumbre y descomposición en el que estamos instalados, producto de una corrupción galopante y desenfrenada, de miserables sin escrúpulos ni líneas rojas, de un sistema viciado y podrido, con engranajes maquiavélicos perversos, que amenazan muy seriamente la estabilidad política y social mientras socaban los pilares de la democracia.

El hedor de esta charca putrefacta y maloliente es tan intenso y extendido que ha formado su particular estética, una especie de callejón sin salida en el que los corruptos saquean a placer los recursos del estado y muchos de los que debieran impedirlo se convierten en cómplices necesarios, extendiendo la porquería y repartiendo la ruindad.

Y es que si el vaso no está limpio, lo que en él se derrame se corromperá; y mientras los golfos siguen regodeándose en el engaño, en el fraude y la mentira, el Parlamento se ha convertido en cenáculo de vividores, profesionales de la contienda, pero vacío de soluciones, que mira hacia otro lado, incapaz de crear mecanismos de autodefensa, encubriendo legalmente, con su política del desdén, a aquellos que, desde su miseria, han decidido a través del saqueo dar un golpe de estado y poner a España contra las cuerdas.

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