Economía incierta, corrupción a tope
Tiempos de espera, a veces al borde de la desesperación. Frentes abiertos a la incertidumbre, casi seguros de que aún puede ser peor. Enredados en la interpretación de que un problema, un conflicto o un escándalo parece servir de pretexto para esconder otro mayor, aunque no siempre queda claro qué es lo que tapa qué, porque la gravedad es similar. Podría parecer que la abundancia y coincidencia de casos rebaja su percepción, pero el listón está más alto cada día, como si todavía no se hubiese agotado la capacidad de sorpresa. Hablamos de España, aunque la sensación de inestabilidad se extiende también, por lo menos, al resto de Europa.
Ahí está, sin ir más lejos, esa cumbre euro-asiática celebrada en Milán, en la que el enquistado conflicto ucraniano ha dejado muy en segundo término otros puntos del orden del día, algunos tan importantes como el peligro del ébola o la amenaza del terrorista Estado Islámico. Por supuesto, sin apenas abrir caminos de solución en ninguno de ellos. En estos momentos, la Unión Europea no está para aportar muchas soluciones a ningún problema que rebase sus fronteras y mucho menos para liderar ningún proceso internacional. Bastante tiene con ese estancamiento económico –para algunos, continuación de una recesión nunca superada del todo– al que Alemania se resiste a poner remedio antes de que sus bancos cobren las deudas que provocan, entre otras cosas, ese estancamiento. Todo un bucle desgastador.
Claro que, para bucle, el de las corrupciones interminables, en España, que no dejan de supurar. Parecen siempre las mismas –con las mismas castas beneficiarias– pero cada día se desvelan nuevos matices enriquecedores (para enriquecer ya se sabe a quiénes), como para que no decaiga la indignación ciudadana. Desvelando, sobre todo, la condición miserable y prepotente de quienes proponían trabajar más y cobrar menos, de quienes acusaban a todos los demás de haber vivido por encima de sus posibilidades, de quienes presuponían conocimientos financieros a los apurados pensionistas a los que engatusaron con las preferentes, y de quienes conocemos ahora sus sobresueldos, con sobres o con tarjetas, pero siempre al margen de la declaración a Hacienda, o su desfachatez al declarar (¡un presidente!) que creía que el banco declaraba al fisco lo correspondiente a los fondos insondables de las tarjetas opacas.
Entre la incertidumbre de las perspectivas económicas y la certeza de los comportamientos corrompidos, sin olvidar lo que todavía puede deparar la marcha del ébola –en España, en África, en el mundo– o la prolongación agónica de la reivindicación independentista en Cataluña, puede que no sea suficiente, para invocar el optimismo, la bandera de la recuperación económica, que además vuelve a quedar en entredicho, ante las inclemencias especulativas propiciadas por la intransigencia de la austeridad.
Eso sí, la incorporación de España como miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU es una satisfacción diplomática que permitirá al gobierno contemplar en primera fila la evolución de los temporales internacionales.
@jagacinho





