Egipto, entre dos formas de intransigencia
Decididamente, el golpe militar del pasado 3 de julio en Egipto no era una “revolución de los claveles” como el de los militares portugueses que llevó a su país a la democracia en 1974. Muchos creyeron que podría ser la única opción frente a los abusos de poder de un gobierno islamista, empeñado en aprovechar una victoria electoral más bien ajustada para instaurar un régimen teocrático en el que el rigor de las normas de una religión iba a quedar por encima de la libertad y de los derechos de los ciudadanos.
Movimientos laicos e islámicos moderados prestaron su colaboración al gobierno promovido por los militares. Consiguieron incluso convencer a Mohamed El Baradei para que ocupase la vicepresidencia. Este prestigioso diplomático egipcio (que, como director general de la Agencia Internacional de Energía Atómica, recibió el premio Nobel de la Paz en 2005, por su contribución a la no proliferación de armas nucleares) había renunciado a competir en las elecciones presidenciales de 2012, denunciando irregularidades y manipulación del Consejo Militar de Transición en favor de su candidato (Ahmed Shafik, ex ministro de Mubarak), que, de todas formas, fue derrotado en segunda vuelta por el islamista Mohamed Morsi.
Pero, después de la masacre del 14 de agosto (en el momento en que escribo, los militares reconocen 525 muertos y los Hermanos Musulmanes hablan de 4.500), va a ser difícil seguir considerando a los militares como garantes de un proceso democrático. De momento, El Baradei ha dimitido como vicepresidente, incapaz de participar en decisiones que no comparte. Estados Unidos –que no había querido calificar el pronunciamiento militar de golpe de estado para no replantearse las ayudas directas al ejército egipcio– ha condenado enérgicamente la represión policial y ha suspendido unos ejercicios militares conjuntos previstos para dentro de dos semanas. Diversos países de la Unión Europea, entre ellos España, han hecho llamamientos a un “diálogo nacional” para el que, en las dos últimas semanas antes de la masacre, habían intentado mediar, sucesivamente, la propia UE y una delegación formada por Estados Unidos y los Emiratos Árabes. Sin resultados, evidentemente.
El gobierno instaurado por los militares esperó que pasase el sagrado mes del Ramadán para desalojar violentamente las acampadas de protesta que habían levantado en El Cairo los Hermanos Musulmanes para reclamar la libertad del presidente destituido y el restablecimiento del gobierno respaldado por las urnas. Hasta ahora, incluso después de la contundente represión del 14 de agosto, los islamistas hacen llamamientos a la resistencia pacífica, pero no han faltado asaltos a algunos edificios oficiales o a iglesias coptas, además de que, en la península del Sinaí, ya venían actuando con anterioridad algunos grupos armados que tienen relación con los islamistas que controlan Gaza.
Y si las ilusiones democráticas de la primavera árabe ya se habían visto frustradas por la deriva fundamentalista del gobierno de los Hermanos Musulmanes, la contrarréplica militar parece devolver al país al estado de emergencia en el que vivió durante treinta años bajo la dictadura de Hosni Mubarak (bendecida y subvencionada por Estados Unidos, todo hay que decirlo, para que mantuviese su acuerdo de paz con Israel). Poco más de un año ha durado el paréntesis de normalidad: el estado de emergencia ha vuelto a ser proclamado y eso significa la posibilidad de represión arbitraria.
Lo peor, el nuevo sentimiento de frustración que se abre en un país dividido entre dos alternativas que sólo ofrecen dos formas distintas de entender la intransigencia.
@jagacinho





