El Balón de oro y el globo de la mentira

Las cosas como son
Agustín Castellote

Como cada año, llegado a estas fechas, un nuevo debate, una nueva polémica invade a los principales medios de comunicación del deporte, alineando convenientemente a sus fieles guerreros, prestos y dispuestos para defender a sangre y fuego a su candidato, más en función de lo que dicte corazón y cartera antes de sensatez y cabeza.

Como la Lotería Nacional, como las burbujas de Freixenet o los turrones de El Almendro, diciembre es el mes del Balón de oro, es el mes de los encendidos debates sobre qué jugador merece el llamativo premio entre denuncias de favoritismos, de falta de criterio cuando no de trampas y corrupción. Es lo que tiene convertir un trofeo inútil en un auténtico esperpento, es lo que otorga la necesidad de hacer de excelsos futbolistas líderes del marketing y la publicidad y es lo que sucede cuando las marcas comerciales, los intereses partidistas y la necesidad imperiosa de revertir en hechos palpables los intangibles, hacen que prime lo trivial sobre lo esencial.

Hace mucho tiempo que el llamado balón de oro ha dejado de ser un trofeo deportivo para convertirse en un reclamo publicitario. Lo absurdo es que nadie, ni el aficionado, ni la prensa ni los propios votantes saben muy bien qué es lo que están votando ¿Al mejor jugador del mundo? ¿Al más relevante del último año? ¿Al más en forma en el momento de la votación? Dudas que desvirtúan el trofeo y que al final hacen que el vencedor sea el más mediático según los intereses de cada votante y antes de un trofeo futbolístico con reglas y recursos deportivos.

Pero la decadente FIFA, lejos de poner orden, ha decidido coger el testigo de France Football y auspiciar la ceremonia de la confusión, alimentando cada bronca, cada polémica y cada denuncia, sabedores que hay que mover el árbol y que para que el jardín siga floreciendo hay que regarlo convenientemente cada día.

Conscientes de la arbitrariedad que supone otorgar premios individuales en un deporte colectivo y que, como dijo Di Stéfano, ningún jugador es tan bueno como todos juntos, preparémonos, como cada año, para vivir largas jornadas de polémica, de debates y de encuestas estériles sobre quién debe ganar el trofeo, para, luego de la decisión, vivir otras tantas interminables fechas de denuncias de corrupción. Lo curioso, aunque no lo sorprendente, es que en función del resultado, las víctimas de otros años se convertirán en verdugos y los verdugos serán las nuevas víctimas.

Al final y no falta mucho, el balón de oro tendrá el mismo arraigo que la elección de Miss Universo y los participantes deberán exhibir sus habilidades, no tanto en el césped como en la pasarela.

Mientras otros se pelean y tratan de convencerles a ustedes, metidos en sus peleas, déjenme que yo admire y me divierta viendo jugar a Cristiano, a Messi, a Ribéry, a Iniesta y a tantos otros balones de oro que nos deleitan, con o sin premio, en los estadios; sin importarme quién interesa que sea el mejor o el más en forma y si alguien o algo tiene algún día que decidir, esperemos a que hable la pelota.

 

 

 

 

 

 

 

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