El camino empinado de la libertad
Vuelta a empezar. La plaza Tahrir y las calles de Sidi Bouzid vuelven a llenarse de manifestantes que vuelven a reclamar libertad y democracia. Dos años después de haber conseguido derrocar a sus tiranos respectivos, rebeldes egipcios y tunecinos repiten sus protestas. Entienden que los nuevos gobernantes no responden al espíritu abierto y constituyente del movimiento movilizador bautizado como primavera árabe. Que esos nuevos gobernantes han aprovechado el primer pronunciamiento de las urnas para dar por cerrado el proceso y decidir, desde sus mayorías relativas, un marco constitucional a la medida de sus convicciones religiosas, es decir, a la medida de lo que ellos consideran la verdad absoluta (y no es porque sean musulmanes: cada religión es la verdad absoluta para sus militantes respectivos y, si pueden, se la imponen a los demás).
Es casi inevitable que cualquier proceso revolucionario o simplemente reivindicativo derive en una acomodación más o menos pragmática que, para algunos, para los más auténticamente rebeldes, signifique una frustración. Como escribió Albert Camus, “todo revolucionario acaba siendo opresor o hereje”. Y cabría añadir que a la categoría de opresor suelen incorporarse algunos, o muchos, que no participan inicialmente en las revoluciones (los salafistas no se hicieron notar demasiado en las manifestaciones contra Mubarak y Ben Alí) y que se aprovechan de las oportunidades que esos momentos de confusión política proporcionan a los manipuladores y a los cínicos. Más añadidos: manipuladores y cínicos, en realidad, aprovechan las oportunidades tanto en la confusión como en la estabilidad (y no es cuestión de ponerse a explicar ahora el origen y el desarrollo de la actual crisis económica), pero se les nota más cuando se erigen en protagonistas del cambio histórico necesario.
Entre la dinámica de progreso (que, en algún momento, se pensó que era irreversible, aunque hubiese retrocesos que se consideraran esporádicos y momentáneos) y la inercia conservadora (mucho más fuerte de lo que se podía pensar, incluso entre las clases sociales más desfavorecidas), el proceso histórico de la humanidad ha contemplado, en los últimos dos siglos, un vertiginoso avance tecnológico, pero un lentísimo avance hacia los ideales de libertad y democracia. Teóricamente, todos los estados del mundo asumen la moderna declaración universal de los derechos humanos, pero, más de dos siglos después de su primera formulación (en la declaración de independencia de los Estados Unidos), todavía es necesario luchar por hacerlos efectivos en la mayor parte de los países del mundo.
Entre la quietud de Prometeo (encadenado a la espera del héroe que le liberase) y el inútil trajín de Sísifo (subiendo perpetuamente un peñasco montaña arriba, que siempre volvía a caer rodando desde la cumbre), Camus prefería la actividad de este último, en lucha contra el sentido absurdo de la vida, el hombre rebelde siempre frente al mundo y satisfecho de su lucha cada vez que lleva su carga arriba.
En Túnez y en Egipto habían conseguido alcanzar la cumbre con la libertad a cuestas. Los dioses implacables del poder (siempre son del poder, o el poder mismo) la vuelven a arrojar al abismo. Vuelta a empezar, por el camino empinado de la libertad.





