El disco duro del hombre que no siente

El butacón del Garci
José Manuel García-Otero

Al suelo, resguárdense de la lluvia y de los ladrillos que nos caen como misiles sofisticados tierra-mar-aire. Crisis. Derrumbe del edificio moral y ético del ser humano. Gigantes y pigmeos. Fuertes y débiles.  En la época de los inventos más inverosímiles, donde los números respiran, sienten y padecen, el hombre se mira en su interior y se ha percatado de que no tiene nada. Nada.

El hombre se encuentra vacío de contenido, su disco duro anda trufado de cizaña, roído por la envidia, la codicia, la arrogancia y el orgullo mal entendido. Sueña con materializar sus pensamientos distorsionados y no importa el precio: si vale una vida, si se lleva por delante una veintena o un centenar de vidas. El disco duro del hombre no evalúa la vida de otros hombres. Asesina, porque su fin justifica cualquier medio: el engaño, la traición, el disparo en la sien.

Hoy en día, la codicia reina en la calle con absoluta impunidad. No importa que se llenen los comedores populares de gente hambrienta, el banquero codicioso se retirará a sus lujosos aposentos con 60 millones en sus bolsillos. No importa que la desesperación pueble las avenidas, que las oficinas de desempleo estallen porque ya no puede dar más cobijo a la frustración, que los sueños se rompan. La solidaridad del rico es una burbuja oscura que no nació.

En estos días de zozobra, las brújulas se rompen y los corazones no sienten; el miedo se viste de luces y se sumerge en el fondo de los mares. La ira arrincona a los pacíficos y la maldad se hace poderosa desde lo alto de las almenas, en las cumbres de los rascacielos, desde el minarete que besa las nubes.

Pese a los huracanes, pese a las tormentas y la ceguera de los que creyeron ver, hay muchos más hombres dispuestos a dar un paso y dar la mano a otros hombres. Y esas manos llegan a cualquier parte. Millones de manos que pueden. Y quieren.

Foto: Carmen Vela

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