El mito de la Europa negociadora

EL PLUMILLA ERRANTE
José A. Gaciño

Los acreedores no tienen por qué ablandarse, por muy rotunda que haya sido la voluntad de unos ciudadanos machacados (el “no” del 61 por ciento de los votantes en el referéndum de Grecia sobre la negociación con sus acreedores, con un 62 por ciento de participación). Y la Unión Europea lleva una racha de ineficacia (además de la situación de Grecia, sus relaciones con Rusia y Ucrania, o su impotencia ante las llegadas masivas de inmigrantes y refugiados) que desmiente el mito de su inagotable capacidad negociadora.

Puede que todo quede en un gesto simbólico, el de que una mayoría de electores resiste, por segunda vez, la presión de una campaña del miedo (ya lo hicieron el pasado mes de enero, cuando ganó Syriza, a pesar de las amenazas del resto de gobiernos europeos), pero que luego no consigue sacarle más rendimiento a la resistencia que la mera dignidad, un sentimiento que no cotiza en los todopoderosos mercados.

Nadie sabe con precisión las consecuencias de esta negativa de una mayoría importante de los ciudadanos griegos (bastantes más de los que predecían unas encuestas fantasmas que ninguna firma de sondeos avalaba) a las condiciones marcadas por los acreedores. En todo caso, son precisamente los acreedores los que tienen más posibilidades de conocerlas e incluso de controlarlas, entre otras cosas porque la mayor parte de esas consecuencias serán causadas por los movimientos especulativos, que forman parte sustancial de la estrategia del caos con que los acreedores han venido amenazando a los votantes griegos. A menos que la especulación se les vaya de las manos (no sería la primera vez) y se vean arrastrados por el mismo catastrofismo que pusieron en marcha.

El gobierno griego se ha visto obligado a actuar al borde del precipicio, confiando quizá ingenuamente en que quienes empujaban a su país hacia el abismo se arrepintiesen en el último momento, temiendo perder ellos mismos el equilibrio en la operación de acoso y derribo. El referéndum ha podido ser el punto de inflexión y, si la dimisión del ministro Varoufakis es una señal de renuncia a la sobreactuación –una de las acusaciones vertidas contra los negociadores griegos– para facilitar la reanudación del diálogo, algunos deberían imitarle al otro lado de la mesa, desde el intransigente ministro alemán Schäubel, dispuesto a hundir la economía europea con tal de que los bancos alemanes no queden en ridículo por chapuceros, hasta la desconcertante Lagarde, que ignora los informes de sus técnicos del Fondo Monetario Internacional (que coinciden con los planteamientos del gobierno griego) y se permite dar lecciones de ética mientras un tribunal francés mantiene abierta una investigación sobre su participación en un posible trato de favor al empresario Tapie. Quizá no el presidente del Banco Central Europeo, Draghi, que no ha sobreactuado en esta ocasión, pero que tiene una sombra en su pasado como ejecutivo europeo de Goldman Sachs cuando este banco inversor norteamericano asesoró al conservador Karamanlis en el maquillaje del déficit público para que Grecia pudiera incorporarse al euro. Como también tiene sombras el pasado del presidente de la Comisión, Juncker, que amparaba la evasión fiscal de las grandes multinacionales en sus tiempos de primer ministro del paraíso fiscal de Luxemburgo (esa debía de ser la Europa que él decía que iban a negar los griegos si votaban “no” en su referéndum).

Posiblemente, la actual gestión de las instituciones europeas no resistiría la prueba de una consulta ciudadana (de ámbito europeo o en cada uno de sus estados miembros) y sobre ello deberían reflexionar quienes gobiernan una Unión Europea con un déficit democrático mayor que su déficit económico. Esa cura de humildad que los más prepotentes le exigen a los gobernantes griegos también deberían aplicársela a ellos mismos. Y empezar a reconsiderar las fragilidades de un sistema monetario, financiero y económico, al que le falta una estructura política común adecuada y respaldada por una representatividad democrática directa.

Si los actuales responsables de la política económica de la UE no son capaces de negociar una salida a la situación de Grecia, en cuya ruina tienen una parte importante de responsabilidad –según reconocen los informes técnicos del FMI que Lagarde parece que no lee–, darán un paso más en ese proceso de reajustes y recortes con el que comenzaron hace cinco o seis años a dilapidar el laborioso trabajo de convergencia social europea iniciado hace casi seis decenios.

 

@jagacinho

España

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