Escenificación electoralista del fracaso
Las sesiones de investidura suelen ser la escenificación ante el público de lo que se ha pactado previamente, si es que se ha pactado algo. Los discursos y las réplicas no se dirigen a convencer al resto de diputados. Lo que pretende cada grupo con sus intervenciones es justificar su postura ante sus bases y sus electores. En España, sólo en una ocasión algunos grupos parlamentarios cambiaron el sentido de su voto en el desarrollo de una sesión de investidura, pero no fue precisamente por los discursos, sino como reacción al asalto de un grupo de guardias civiles que interrumpió la votación y mantuvo secuestrado a los diputados durante toda una noche. Cuando se reanudó la votación, dos días después de aquel siniestro 23 de febrero de 1981, las abstenciones previstas (fraguistas, Convergéncia i Unió y tres ucedistas que se habían pasado al Grupo Mixto) se transformaron en votos afirmativos y Leopoldo Calvo-Sotelo terminó investido por mayoría absoluta.
En las sesiones del intento de investidura de Pedro Sánchez, no ha habido sorpresas. Cada grupo ha defendido su postura con la vista puesta en la más que probable repetición de las elecciones. Todos consideran un fracaso colectivo esa repetición, pero, a la espera de que lo evite un milagro o un arranque de lucidez de algunos (es decir, un milagro), empiezan a tomar posiciones de cara a la nueva campaña electoral, con un primer objetivo: cada uno trata de convencer al electorado de que ha hecho todo lo posible para llegar a un acuerdo y que son los otros los culpables de ese fracaso.
Pedro Sánchez tiene el mérito de haber aceptado el encargo del rey para intentar formar gobierno, poniendo en marcha el plazo constitucional de dos meses para llegar a un acuerdo. Con el escaqueo de Mariano Rajoy se abría un periodo de provisionalidad indefinida, propicio al abuso de las competencias de un gobierno en funciones y a las tentaciones de manipular la Constitución para convocar elecciones sin pasar por la vergüenza de perder una investidura. A Sánchez no le ha importado pasar por ese trance, que le ha permitido mantener el tipo después de su fracaso electoral y contener la ofensiva del sector más conservador de su partido, aunque a costa de cerrarse la posibilidad de pacto por la izquierda y por la periferia. Es decir, a costa de no poder acceder al gobierno.
Una vez más, la audacia ha sido la gran ausente en el escenario político español. No se podía esperar del Partido Popular, cuyo líder es un ejemplo de político pasivo e inmovilista. Las limitaciones de Sánchez son evidentes. Podía esperarse de Podemos, que ha venido manejándose con toda suerte de vaivenes tácticos entre el radicalismo frontal contra la casta y el discurso abierto a la centralidad, y que al final ha optado por la vía de la izquierda más pura, reacia a contaminarse con la derecha, por muy moderna que se presente (Ciudadanos, que, por cierto, es el partido que más está arriesgando).
Quizá confía Podemos en rescatar a Sánchez de las “malas compañías” en el plazo que queda hasta el 2 de mayo, pensando que, en el último minuto, siempre le quedará la opción de abstenerse y convertirse en una potente oposición de izquierda a un gobierno socialista. Pero nadie sabe cuántas maniobras obstruccionistas se pueden desarrollar en estos casi dos meses para enredar la situación y bloquear las vías de cambio.
La audacia hubiese consistido en haber aprovechado la oportunidad el 4 de marzo. Por parte de Podemos y por parte de los nacionalistas periféricos e independentistas, que, curiosamente, siguen siendo decisivos para configurar mayorías. El bipartidismo se ha dividido en cuatripartidismo, pero tanto el bloque de derechas como el bloque de izquierdas necesitan del apoyo de los nacionalistas periféricos. El hecho de que algunos (los catalanes) se hayan convertido en apestados por pretender la independencia ha complicado el juego de los pactos.
Quizá vendría bien una parada biológica informativa sobre la investidura, como propone Iñaki Gabilondo. Al fin y al cabo, en la última encuesta del CIS sólo un 1,4 por ciento de los encuestados ha incluido la falta de gobierno entre los grandes problemas de España (y sólo un 0,8 por ciento ha mostrado su preocupación por la independencia de Cataluña). Claro que, en la misma encuesta –la que señala el paro y la corrupción como los dos grandes problemas–, sólo un 1,6 por ciento se ha acordado de la violencia machista y nadie se ha referido a la crisis europea con los refugiados.
Convendría que, en vez de tanta retórica electoralista, los políticos se dedicasen a explicar la relación entre el paro, la corrupción y tantas injusticias cercanas o lejanas como causas o efectos. Y que sacasen conclusiones concretas y eficaces para ponerles remedio, es decir, que se pusiesen de una vez a hacer política, desde el gobierno o desde la oposición.
@jagacinho







