Eutanasia difícil en el valle de lágrimas

El plumilla errante
José A. Gaciño

Bélgica era un país mayoritariamente católico cuando, en 1990, su parlamento aprobó una ley de plazos que permite el aborto por decisión de la mujer en las primeras catorce semanas de embarazo, como en España desde 2010 (veinte años después) y mientras el actual gobierno no se decida a llevar adelante una reforma que nos retrotraería a antes de 1985, con  supuestos más restrictivos que los recogidos aquel año en la primera ley que despenalizaba el aborto en España sólo en algunos casos y bajo decisión de los médicos.

El pasado 13 de febrero, el parlamento de Bélgica, cuya población sigue siendo mayoritariamente católica, ha aprobado una reforma de la ley que regula la eutanasia desde 2002 para acoger en ella a menores que demuestren capacidad de discernimiento, con autorización de los padres y una evaluación psicológica. Hasta ahora sólo se reconocía ese derecho a partir de los quince años para jóvenes emancipados. Sólo otro país, el vecino Holanda, cuenta ya con una legislación similar, aunque fija en doce años la edad mínima para que los menores expresen su voluntad de poner fin a su vida.

Según reflejan las encuestas, el apoyo ciudadano al derecho a la eutanasia, incluidos los menores, es muy alto en Bélgica (el 74 por ciento en la última que se publicó en los días de su debate parlamentario). Todos los partidos han votado a favor, con la excepción de los democristianos y un grupo flamenco de extrema derecha (88 votos a favor, 44 en contra y 12 abstenciones), y los detractores no rechazan abiertamente la reforma, sino que la tachan de prematura y de no gozar de suficiente consenso. En realidad, esta ampliación de la ley sólo va a dotar de seguridad jurídica prácticas médicas que ya se vienen realizando.

La eutanasia es un asunto delicado, que ha recibido diversos tratamientos, de aceptación o rechazo, a lo largo de la historia. Por una parte, todas las religiones la condenan a partir de considerar que sólo su dios puede disponer de la vida. Por otra parte, en la primera mitad del siglo veinte, se mezcló con el concepto de eugenesia que, si bien partía de consideraciones científicas sobre la mejora de la especie humana, en la práctica fue manejado con fines ideológicos racistas (los nazis en busca de la pureza de la raza superior). Sólo más adelante empezó a contemplarse la eutanasia como alternativa al sufrimiento inútil de enfermos terminales. Y hasta los años noventa no aparecen las primeras disposiciones legales en estados de Australia y de Estados Unidos. Hasta 2002 no se producen legislaciones claras sobre la eutanasia en Holanda y Bélgica (en Suiza está despenalizada la colaboración en el suicidio).

En España, está más extendida de lo que parece la idea de una muerte digna, sin ensañamientos terapéuticos (que pueden rechazarse en algunas comunidades mediante el llamado testamento vital) y con cuidados paliativos (incluso si esos cuidados pueden acelerar la muerte), aunque no en todos los hospitales se disponen de medios para aplicarlos adecuadamente. Pero sigue siendo fuerte la presión de los fundamentalistas que se empeñan en mantener este mundo como un valle de lágrimas donde sufrir para purificarse. La falta de regulación obliga a los médicos a jugar con eufemismos y a camuflar prácticas cercanas a la eutanasia pasiva (dejar morir), activa (provocar la muerte) o indirecta (sedaciones con efecto mortal colateral).

Los socialistas no se atrevieron con un tema tan espinoso y la derecha gobernante no sólo no se lo plantea, sino que tiene antecedentes de haber perseguido a quienes aplicaron tratamientos sedativos en un hospital público de Leganés (con sobreseimiento judicial, por cierto). Con su proyecto de reforma de la ley del aborto y su política de restricciones asistenciales, trabaja además para aumentar sensiblemente el número de candidatos a sufrimientos purificadores fulminantes.

 

 

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