Feria de vanidades
Hay una novela, que yo recomiendo, de William Thackeray, convertida en todo un clásico de la literatura, que lleva por título La feria de las vanidades, un relato, a la vez que una mirada crítica, sobre usos y costumbres de las personas, en una sociedad guiada por el egoísmo, lo mezquino y la ambición; un catálogo de errores que, no por repetidos, sirvieron para corregirlos, haciendo buena la frase de San Agustín: "Errar es humano, perseverar en el error resulta diabólico ".
Desgraciadamente el fútbol español vuelve a mostrar su peor cara, esa que sin duda se ve reflejada en la obra de Thackeray, sin llegar a comprender cómo la multiplicación del mismo error, de idéntico problema, año tras año, no es tomado en cuenta por aquellos que deberían hacerlo si no es para mostrar claramente su incapacidad, su ineptitud y su absoluta impericia para organizar un deporte, el fútbol, que, como he dicho muchas veces, nos sitúa como campeones del mundo en el césped pero como auténticos incompetentes en los despachos.
Cuando ya tenemos el nombre de los dos flamantes finalistas de la Copa del Rey, Barcelona y Sevilla, cuando las dos aficiones muestran su felicidad por el éxito de jugar el partido más bonito de la temporada, el lío de cada año con el escenario del partido, con el campo donde se jugará el encuentro, irrumpe en el panorama, fiel a su cita, en una maraña de intereses, agravios, perjuicios y vanidades; carnaza para el argumento favorito de éste deporte, que es sacar la pelota del césped y que sea en el fango donde se discutan las soluciones.
¿Sería mucho pedir que los clubes interesados en organizar la final solicitaran el partido para su estadio, que se creara una comisión para su estudio y que, con motivo de la final de cada año, se facilitara el nombre de la ciudad elegida para la próxima temporada? ¿Sería mucho pedir que se acabara con que un club se niegue a ceder su campo en función de quienes sean los finalistas, o que a última hora se lleve el partido al terreno de uno de los protagonistas?
Me cuesta mucho creer que una torpeza tan repetida pueda causar expectación en lugar de indignación; la final de Copa es un partido muy bonito, muy importante para permitir que se ningunee con ella en una incesante feria de orgullos y vanidades, una vergonzante feria en la que la prudencia se transforma en cobardía, lo vulgar en pusilánime, el orgullo en vanidad y el respeto en servilismo.
@AgCastellote







