Genealogía y otros relatos

Los últimos libros
Antonio Castillo

Izraíl Métter necesitaba la literatura para vivir. Reescribía una y otra vez el inicio de sus textos, en los que se adentraba como en una selva oscura, sin barruntar cómo iban a acabar y menos aún si la ciega censura iba a permitir su publicación, pero aun así se enfrentaba a la hoja en blanco con la misma fe que un enfermo pone en el tratamiento. «Un buen relato es como un reloj», explicaba, «un mecanismo que ha montado a mano un maestro. El relojero lleva una lente de aumento en el ojo, las piezas que conforman el mecanismo son diminutas, pero cada una de ellas está tan bien ensamblada con la otra que el reloj marca el paso del tiempo con toda exactitud».

Que esas páginas vieran la luz y los lectores pudieran juzgarlas era algo secundario. La quinta esquina, novela que relata la existencia de un «hombre superfluo» y que la crítica sitúa entre lo mejor de su obra, fue publicada en 1989 al calor de la perestroika pero llevaba casi veinte años en un cajón. El título alude a un juego macabro que tenía lugar en las celdas del KGB: «Los verdugos, unos mocetones robustos, empujaban a sus víctimas con las manos, con las piernas, a puntapiés, mientras les repetían: “Busca la quinta esquina”. Todos sabemos que una habitación tiene normalmente cuatro esquinas, pero la víctima tenía que buscar la quinta, y los torturadores se divertían y gozaban».

Métter nació en 1909 en Járkov, una ciudad del este de Ucrania hoy tristemente conocida por la violencia que ha puesto en jaque al país. Su origen judío y el hecho de que su padre hubiera levantado justo antes de la revolución una pequeña fábrica de macarrones le impidieron, por imperativo legal, cursar estudios regulares. Además, con 15 años lo expulsaron de la escuela de fundidores por criticar la verborrea de un jefecillo comunista; en el peculiar «proceso de camaradas» seguido contra él participaron un juez, un fiscal y un tribunal que incluyó a compañeros de clase, pero no hubo abogado defensor.

No se desanimó y, gracias a una formación autodidacta, consiguió ganarse la vida como profesor de matemáticas. Redactó textos antifascistas durante la Segunda Guerra Mundial y después, guiones para el autor de cómics Arkady Raikin, pero la literatura era otro cantar: la amaba tanto que no creía que pudiera convertirse en un verdadero escritor.

Vivía entonces en la Casa de los Escritores de Leningrado, de la que casi todas las semanas desaparecía algún inquilino. Como la macabra realidad del estalinismo superaba con creces cualquier ficción, Métter llegó a considerar inmoral el juego de la imaginación en la creación literaria: «No creo en aquello de lo que fui testigo e incluso partícipe. “Aquello no pudo ser”, me repito una y otra vez». No imaginaba que dos décadas después, en 1960, iba a convertirse en un autor de éxito gracias a una novela que recreaba las andanzas de un perro policía.

Lo que al náufrago le emociona de Genealogía y otros relatos, el libro que me ha reservado para este encuentro, es la serenidad con que Métter afronta la existencia. Asume que en la memoria del hombre se incrustan con particular intensidad precisamente aquellos actos que quisiera dejar de recordar y, como su amado Chéjov, da cuenta de ellos con un lirismo que, paradójicamente, neutraliza su mezquindad. Es como si la forma, una prosa limpia que envuelve al lector, fuera en este caso un trasunto del autor, de ese hombre sencillo que admite su falta de imaginación para pergeñar gran literatura y, por añadidura, lo fía todo a mandatos del alma que considera «más certeros y puros» que los de la razón.

Los seis relatos del libro son de inspiración autobiográfica pero, como toda obra maestra, la transcienden para componer un fresco tan estremecedor como poético de una época. «Stalin logró, de un modo que hasta hoy me resulta incomprensible, no solo esclavizar a un pueblo, sino además infundir a esos esclavos un amor incondicional hacia su verdugo», escribe Métter en el prólogo.

Hay en Genealogía una emoción contenida, un pudor que el náufrago conecta con un encuentro entre Juan Luis Galiardo y Rafael Azcona evocado por Manuel Vicent. Pasaba el actor una etapa de angustia de la que daba cuenta con lujo de detalles y recreándose en la suerte, con la licencia que la depresión expende a sus víctimas para adueñarse de la escena. Tras horas de paciente escucha, Azcona tomó la palabra para recordarle a su interlocutor que con todas esas desgracias Dostoievski no tendría ni para una línea…

Tal vez forma parte del ser ruso ese quitarle hierro a lo que es nítidamente dramático. Métter murió en 1996 en San Petersburgo, que antes fue Leningrado y antes aún, Petrogrado. La vida larga y dura en varias repúblicas soviéticas y bajo distintos regímenes lo vacunó contra el patriotismo, que consideraba, como el maestro Tolstói, «el último refugio del sinvergüenza». Fue, sin pretenderlo, un escritor extraordinario.

Genealogía y otros relatos (Lumen, 2001). Traducción de Ricardo San Vicente.

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