Hambre y muerte en una revolución desgastada
La muerte de Willman Villar Mendoza, preso cubano que llevaba cincuenta días en huelga de hambre, vuelve a colocar en primer término el atasco que sufre el régimen castrista. La caída del comunismo soviético le privó de una ayuda que resultaba decisiva para mantener en pie su economía y la nueva ayuda venezolana no ha consiguido igualarla. Por otra parte, la sucesión de Fidel Castro por su hermano Raúl (apenas cinco años más joven) no ha significado practicamente ningún cambio, ni siquiera generacional evidentemente, en la orientación política de una revolución más que desgastada.
El desgaste afecta incluso a la denuncia del acoso imperialista estadounidense: en estos momentos podría decirse, irónicamente, que el bloqueo impuesto por Estados Unidos desde el principio de la revolución (como respuesta a las expropiaciones de bienes de ciudadanos estadounidenses en Cuba) es el apoyo principal del castrismo. No es descabellado pensar que, si se levantara el bloqueo, la libre circulación de personas y mercancías entre ambos países podría provocar un "reblandecimiento" de la dictadura que desmontaría muchos de los obstáculos que impiden el restablecimiento de las libertades.
En cualquier caso, está claro que el periodo abierto hace casi cuatro años con el relevo de los hermanos Castro no ha servido para empezar a abrir cauces a un futuro más abierto, quizá porque la sombra de Fidel todavía es alargada, pese a su retirada de la gestión política. Ni siquiera han sabido aprovechar el clima inicial progresista del mandato de Obama para tender algún puente con Estados Unidos, como tampoco lo ha hecho Hugo Chávez, pese a que ambos necesitan ese entendimiento con su poderoso vecino del Norte y quizá no van a tener otra oportunidad para abordarlo con un presidente como Obama, que necesita, de todas formas, algún mínimo gesto de apertura para superar la presión del exilio cubano.
El discurso del acoso podía tener sentido cuando, aparte del embargo comercial, las actividades terroristas de los sectores más radicales del anticastrismo eran una amenaza real para la estabilidad de Cuba. En estos momentos, las actividades puramente testimoniales de la disidencia del interior, con armas tan limitadas como los blogs de Internet, cuyo acceso no está generalizado entre la mayoría de la población, no pueden considerarse un peligro real para la estabilidad del régimen, que precisamente se pone en evidencia con represiones desmesuradas y condiciones carcelarias que han llevado a más de un preso político a la desesperación.
Hace casi dos años cayó Orlando Zapata, después de 86 días de huelga de hambre. Declarado preso de conciencia por Amnistía Internacional, Zapata había sido condenado a tres años de prisión por desorden público, pero vio aumentar su condena en treinta años más por protestar contra los abusos que sufría en la cárcel. Wilman Villar, muerto el pasado jueves (madrugada del viernes en Europa), cumplía una condena de cuatro años, impuesta en un juicio sumario celebrado en noviembre pasado por participar en un acto de protesta. Según algunas fuentes del exilio, hasta una docena de disidentes encarcelados han muerto como consecuencia de su huelga de hambre, desde 1966 hasta ahora.
Naturalmente, el régimen castrista no es el único que viola derechos fundamentales. En el mismo territorio cubano, Estados Unidos ofrece el siniestro ejemplo del limbo jurídico instalado en la base de Guantánamo y, en la lucha contra el terrorismo, algunos gobiernos de países democráticos han traspasado líneas rojas en materia de derechos con acciones de guerra sucia. Pero los abusos de la reacción no justifican necesariamente los abusos de la revolución. La propia izquierda debe ser la primera interesada en denunciar unos y otros con la misma firmeza. Desgraciadamente, tanto en la izquierda como en la derecha abundan los que acostumbran a discriminar sistemáticamente entre dictaduras de un signo o de otro, condenando unas pero tolerando otras.





