Hispanos, jóvenes, mujeres y negros
Puede que a Samuel Phillips Huntington (que murió al mes siguiente de ser elegido presidente Barack Obama por primera vez, en 2008) la reelección ahora del primer presidente negro de la historia de Estados Unidos le hubiese dado argumentos para corroborar sus tesis sobre el peligro hispano. El politólogo que teorizó sobre la deriva de los grandes enfrentamientos ideológicos o económicos hacia el choque de culturas, de civilizaciones (la occidental contra todas las demás, especialmente la islámica), ya había expresado en los últimos años su preocupación por lo que él consideraba la amenaza de la inmigración hispanoamericana para la identidad nacional estadounidense.
También lo expresaba en términos culturales: los valores anglo-protestantes del mérito y la ética del trabajo frente a los valores hispano-católicos de la falta de ambición y de exaltación de la aceptación de la pobreza como virtud para llegar al cielo (sin especificar, claro, las dosis de hipocresía que se reparten en cada una de las opciones). Estados Unidos dividido en dos pueblos, dos culturas y dos lenguas (según Huntington, los hispanos pueden participar en el sueño americano “sólo si sueñan en inglés”). Aportaciones a la reagrupación defensiva de la derecha fundamentalista, que saca a relucir sus miedos ancestrales para combatir a los que no encajan en los límites de su pureza. Aportaciones que, dicho sea de paso, también se aprovechan en Europa para imponer medidas disciplinarias contra los gastos sociales.
El caso es que, según los cálculos de quienes analizan resultados y encuestas, el voto hispano ha sido decisivo para que Obama repitiese su triunfo, junto a los votos de los jóvenes y de las mujeres (el de los afroamericanos ya lleva mucho tiempo decantándose por los demócratas, con más razón en este caso). Ya había ocurrido en 2008, pero entonces el fenómeno Obama también había seducido a una buena parte de blancos republicanos, desencantados por la desastrosa gestión política y económica de los gobiernos ultraderechistas de Bush junior. Es ahora, con un retroceso del apoyo blanco a Obama, cuando ha quedado más patente el peso electoral creciente de la “amenaza” de la identidad estadounidense, que ha conseguido superar una concentración del voto anglo-protestante (que se calcula en torno al 70 por ciento de los votantes blancos) en apoyo a la candidatura neoliberal de Romney.
Esta remodelación de la correlación de fuerzas étnicas y sociales, que abre nuevas posibilidades a una política de mayor contenido solidario (de prosperidad y de responsabilidad compartidas, como explicaba Bill Clinton en la campaña de Obama), no significa el final de la hegemonía WASP (siglas en inglés de “blanco anglo-sajón protestante”), que tiene su núcleo duro en la élite que controla las grandes corporaciones económicas y mediáticas, que a su vez controlan y limitan el horizonte de la democracia estadounidense, y que no tendrá empacho en asimilar a intrusos que, como sugería Huntington, sueñen en inglés el tópico sueño americano del triunfador.
De momento, además, la participación de los nuevos grupos sociales emergentes no se extiende con la misma fuerza a los procesos electorales de menor nivel. De ahí que la Cámara de Representantes, por ejemplo, vaya a seguir constituyendo el freno que ha frustrado o desvirtuado algunos de los grandes objetivos del presidente.
Pero, con independencia de su reflejo electoral, está claro que la identidad estadounidense –si es que se puede hablar de tal concepto–, que algunos quieren detener en el cliché puritano de los primeros colonos, ha estado siempre en proceso de revisión. Y nadie debería calificar como amenazas la incorporación de nuevos valores sociales o vitales, si contribuyen a enriquecer el panorama de las libertades civiles.
@jagacinho





