Las cuentas chinas de Montoro
El Ministro de Hacienda, el que se dedica a las cuentas de la cosa pública, no sabe hacer la cuenta de la vieja, no sabe que cuatro menos uno son tres, no sabe contar más que cuentos chinos.
Como el crecimiento de sus capilares es negativo (esta frase es de un amigo suyo que habla así de paradójico para que no nos enteremos de nada) presuponemos que Cristóbal Montoro no es tonto, lo que no quiere decir que su opinión sobre los demás, sobre los que le rodean y le escuchan, sobre los periodistas que deberían preguntarle y sobre los ciudadanos que enarcaron las cejas sea la misma. A la vista está que para el encargado de las cuentas quienes le escuchan son ceros a la izquierda, como la desaceleración del crecimiento de sus salarios.
El señor Montoro dice que los sueldos no bajan en España y su secretaria no le ha clavado el abrecartas, con la nómina de la paga extra eliminada a modo de remate en la banderilla. Eso sí que es personal de confianza.
Todas las estadísticas que elaboran los funcionarios (esos a los que Montoro ha re-estructurado abruptamente su pagas, que crecen negativamente, de catorce a trece y por superstición o necesidad de pagar los agujeros de las autopistas puede que a doce) dicen que ganamos menos. Que los sueldos han bajado, que nos quitan pagas, que cuando pagan es menos y por más horas y que son lentejas.
Pero Cristóbal vive en sus mundos, con las sobrinas colocadas en un proceso de selección de café, copa y puro en el Casino o en el Club (en la terraza eso sí que a cubierto se podrá fumar en otro tipo de casinos). Vive con familias que saben lo que hacen, que convierten la crisis en oportunidad… De negocio. Por ejemplo, el señor que está casado con María Dolores de Cospedal multiplica sus ingresos en plena crisis. Montoro se siente bien con su corte de palmeros que le dijeron que tenía gracia. Confundió las carcajadas de los pelotas y las palmaditas de los quitamotas con la opinión general y se lanzó a eso de los chistes. Pero con las cosas de comer no se juega y la gente, que es muy desconfiada y artera, miró su cartera y vio que debía rebuscar más bien en el monedero y después recordó a todos aquellos miembros de la familia Montoro susceptibles de ser colocados en algún Ministerio amigo por su valía y capacidad, como ya ha ocurrido con los y las parientes de los nunca bien ponderados señores De Guindos, Arias Cañete o la señora Esperanza Aguirre.
Luego, Montoro llegó al Ministerio y los funcionarios (a pesar de la desaceleración brusca, incluso provocadora de latigazo cervical, de su poder adquisitivo) le mostraron las estadísticas de los sueldos, llenas de signos negativos y curvas decrecientes, de cuentas que desmentían los cuentos y Cristóbal, hombre ingenioso como pocos, buscó y rebuscó. Y en una carpeta -entre los trastos inservibles- encontró los convenios firmados, ésos que son papel mojado por la reforma laboral, y dijo: “Ya está, en los convenios firmados los sueldos suben”.
Y como si fuera un conquistador de nuevos mundos se llevó sus cuentas para ver si encontraba indígenas a quien vendérselas. Pero con esas cuentas sólo se puede acabar como el Rosario de la aurora.





