Mayo, los trabajadores frente al silencio de los corderos
Vivimos en un mundo tan afilado que nos duele el aire que llega a los pulmones. Tragamos mentiras con la naturalidad de un león ante un solomillo de cebra. No decimos nada. Resulta tan habitual pisar un excremento de corrupción que hasta su olor no nos espanta. Las calles están contaminadas, la gente sufre y miramos a otra parte.
Esta sociedad camina como lo hacen los corderos: agrupada, hombro con hombro, en una rutina cansina y servil, bajo la atenta mirada de un Gran Hermano que todo lo dispone y nos guarda.
Que nadie saque un pie del tiesto, que no haya ninguna voz de discordia, que todo siga igual bajo las sombras. Esta sociedad tan insensible se muere y gotas de su vida se pierden entre las cañerías que no tienen nombre y cuyo silencio es tan espeso que queda atrapado en las paredes de zinc.
Parece que no te duele el sufrimiento de tu hermano. Parece que tu vecino es de otro planeta. Parece que no eres nadie y tu esclavitud es tan digna que hasta te ríes del chirriar de tus cadenas.
Parece que nunca morirás y duermes acompasado porque tu felicidad no existe.
Parece que el miedo es tan invisible que te da lo mismo el valor de los corderos. O su ignorancia.
Parece que tu dignidad es tan efímera que el aleteo de una mosca te crearía distorsión. Tu orgullo se queda limitado a una mala decisión arbitral. Tu amor propio, una novela que quedó enterrada en el cementerio de los libros olvidados.
Es mayo y entramos en lo que fue el mes de los trabajadores, la utopía solidaria del ser humano que quiere vivir mejor en un mundo respirable. Yo no conozco la historia que la codicia destruyó. Solo escucho la voz de los silencios dominados. Cuando los corderos caminan y no saben por qué lo hacen, por qué mueren.
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Foto: Carmen Vela






