Menos izquierda cuando más falta hace

El plumilla errante
José A. Gaciño

Los comunistas chinos –a juzgar por las conclusiones del plenario del comité central de su partido, celebrado estos días– dan un nuevo impulso al papel de la iniciativa privada en su economía, aunque manteniendo la preponderancia del Estado (es decir, de ellos mismos, porque lo que no aceptan son las reformas políticas de estilo occidental). En el otro extremo de la plataforma continental euroasiática, en España, una conferencia política del PSOE ha decidido resucitar el muestrario de propuestas socialdemócratas con las que aspira a recuperar credibilidad y paliar los estragos de las medidas neoliberales que el mismo partido se había encargado de poner en marcha cuando gobernaba hace tres años, siguiendo las pautas austericidas de la Unión Europea en su vía ultraconservadora contra la crisis financiera.

Son dos caras circunstanciales de un fenómeno de agotamiento que se viene arrastrando en el variado panorama de las alternativas de izquierda ya desde antes de la caída del muro de Berlín, la referencia convencional con la que se suele aludir a todo un fracaso histórico de la alternativa revolucionaria, y que en realidad fue más una consecuencia que la causa de ese fracaso. El modelo socialdemócrata, que funcionaba en Europa como mecanismo de contención de tentaciones revolucionarias, ya se había visto deteriorado por la ofensiva neoliberal de los años ochenta y quedó casi definitivamente tocado por el hundimiento de la gran coartada (el miedo a los bolcheviques). Ante la actual crisis financiera, y aparte algunos amagos infructuosos del presidente socialista de la República Francesa, las decisiones europeas se han movido en el terreno acotado por la ortodoxia neoliberal y presentadas como las únicas decisiones posibles.

El caso es que, por un lado, los principales supervivientes del naufragio revolucionario –los dirigentes de la República Popular China–se incorporan a la economía de mercado cada vez más de lleno, paradójicamente para salvar su sistema político supuestamente comunista, que alguna vez había pretendido ser la dictadura del proletariado y que hoy no pasa de ser un mecanismo de control al servicio de una élite privilegiada. Otros supervivientes menos importantes se debaten en una especie de lucha agónica por la subsistencia, entre el delirio oscurantista de Corea del Norte y la vitalidad apagada de Cuba.   

Por otro lado, los socialdemócratas europeos, que ya habían aceptado plenamente la economía de mercado –y que comenzaron a rebajar su política social con la tercera vía blairista–, se conforman ahora con salvar lo que se pueda del mítico estado del bienestar (y tal como van las cosas, no parece que se pueda salvar mucho: la prioridad para recibir el dinero público la tienen los acreedores financieros, en España incluso con rango constitucional, gracias a una reforma promovida por un gobierno socialista). A estas alturas, hasta el actual presidente de Estados Unidos, pese al acoso de la ultraderecha republicana, desarrolla una política más a la izquierda que la de la estancada Unión Europea. Y en Iberoamérica, donde tantas experiencias revolucionarias o simplemente progresistas han sido frustradas por las oligarquías tradicionales con apoyos del poderoso vecino del norte, se van recuperando diversas fórmulas de izquierda con más o menos acierto, aunque, para determinados intereses norteamericanos y europeos, casi todas sean experimentos demagógicos folklóricos y peligrosos.

El balance, en general, no resulta demasiado optimista para el porvenir de la izquierda, mientras crecen los índices de desigualdad social (ricos cada vez más ricos y más pobres cada vez más pobres) a la vez que la precariedad en las condiciones de trabajo. Es decir, cuando más se volverían a necesitar fuerzas políticas que animasen a vencer el miedo y la insolidaridad que siembran con sus reajustes permanentes los fabricantes de ciudadanos resignados y sumisos.

@jagacinho

 

 

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