No bastaba con gestionar la crisis
Quizá pensaban, al tomar posesión del gobierno hace algo más de dos años, que bastaba con gestionar la crisis (bueno, más bien con dejar que manejasen la crisis desde el gobierno alemán y el Banco Central Europeo), con la esperanza de que antes de 2015 surgiesen brotes verdes o luces al final del túnel suficientes para justificar sus cuatro años de legislatura y recoger otro triunfo electoral, aunque fuese un tanto devaluado. Que todo lo demás vendría rodado desde la tranquilidad de la mayoría parlamentaria absoluta.
Pero, después de haber superado los peores momentos de la crisis –aquellos en que la prima de riesgo triplicaba los índices del gobierno anterior y el paro no paraba de crecer–, y cuando parecían convencidos de que podían vender al electorado el comienzo de una recuperación económica, la derecha que gobierna España da la sensación de que no sólo no ha gestionado la crisis sino de que ni siquiera ha sabido gestionar su mayoría absoluta. Y no ya por la presión externa, que todo el mundo coincide en que es de una moderación absoluta, aunque el ministro del Interior ya tiene preparada su ley de seguridad ciudadana para cuando la ciudadanía pierda la paciencia. También por el desasosiego interno, algo impensable a finales de 2011, cuando el Partido Popular llegaba a acumular la mayor cota de poder en los diversos niveles institucionales que ningún otro partido en el actual periodo democrático.
En la campaña de las elecciones generales de 2011, habían prometido que la economía española se recuperaría poco menos que al día siguiente de que Rodríguez Zapatero abandonase La Moncloa, porque era la falta de credibilidad del presidente socialista la que provocaba las subidas de la prima de riesgo, y terminaron argumentando que la situación era peor de lo que pensaban para justificar subidas de impuestos, recortes sociales y reformas laborales para degradar el empleo. O era falta de información (imperdonable en un partido de gobierno, que se supone que debe contar con fuentes solventes) o era simple demagogia irresponsable, como toda la que derrocharon en sus siete años de oposición a Rodríguez Zapatero.
Precisamente uno de los apartados más radicales de esa demagogia, la que aplicaron a la política antiterrorista, se les está volviendo ahora en contra, a partir del protagonismo político de algunas asociaciones de víctimas del terrorismo que ellos alentaron y manipularon desde la oposición. Como sus compromisos con los obispos en materia de aborto, que ha abierto fisuras en sus propias filas y puede pasarles factura entre la parte más centrista de su electorado, mientras sus votantes más fundamentalistas –en esto como en la concepción centralista del Estado– se les pueden escapar hacia la nueva formación, Vox, que probará sus posibilidades en las elecciones europeas del próximo mes de mayo.
Rotas las buenas relaciones con los nacionalistas catalanes, desde que Artur Mas decidió lanzarse a la aventura independentista, se han quedado solos con su mayoría absoluta en un tema tan crucial como la educación –otro compromiso con los obispos– o en sus ensayos de privatización de la sanidad, bloqueados por la justicia, a la que, por otra parte, tratan de contener y controlar todo lo que pueden en sus actuaciones contra la corrupción, el único capítulo, por cierto, en el que no están solos: hay corruptos de casi todos los colores políticos.
La pasividad de Mariano Rajoy, partidario de dormir los conflictos hasta que se olvidan o se pudren, parecía que le funcionaba en algunas cuestiones, y especialmente en el control de su partido, pero parece que el método empieza a fallar, justo cuando los datos económicos empezaban a aliviarse.
Parece que no bastaba con dejarse gestionar la crisis y que la mayoría absoluta no siempre proporciona toda la tranquilidad. A ver si ahora la derecha se entera de que para gobernar, incluso con mayoría absoluta, hay que hacer política, es decir, negociar y pactar con quien haga falta.





