Recuperación de los malos conocidos
Aunque hayan renegado tanto de los que consideran advenedizos e inexpertos, los políticos de la “casta” se han lanzado a imitar su estilo. Tratan de aparecer como cercanos a la gente, como ciudadanos normales que comparten un café con sus vecinos, que ríen sus gracias o que se expresan como con espontaneidad, sin los corsés retóricos que se gastan los políticos profesionales para no salirse de las pautas programadas. Acuden a espacios televisivos de entretenimiento a mostrar su “lado humano” y no vacilan en contar chistes, cantar, bailar o comentar partidos de fútbol, confiados en que la curiosidad benevolente del personal les redimirá, si hacen el ridículo.
España vive su última campaña electoral del año más electoral de su democracia. En realidad, ha sido una campaña ininterrumpida, ya desde las europeas de hace año y medio (mayo de 2014), cuando saltó la sorpresa de las fuerzas políticas emergentes que le empezaban a comer terreno al bipartidismo. Entre las referencias de los sondeos continuos y los resultados de las distintas elecciones que se han ido sucediendo a lo largo de este año, los partidos políticos y sus líderes han estado sometidos a un test permanente de valoración que ha ido dibujando trayectorias con altibajos en algún momento sorprendentes, pero que finalmente parecen desembocar en un panorama en el que quizá no pierda tanto terreno al bipartidismo como se llegó a pensar, aunque, de todas formas, sufran una buena merma.
También han ido cambiando las perspectivas de cambios radicales que apuntaban las primeras muestras. Hace un año, se auguraban hasta procesos constituyentes, coincidiendo con las mejores expectativas de la fuerza emergente de la izquierda (Podemos). Curiosamente, a medida que ha ido ajustando sus propuestas a la “centralidad” (que no el centro, como insisten en matizar) de las necesidades ciudadanas, suavizando o aparcando las medidas más espectaculares, se han ido también moderando, decreciendo, sus expectativas electorales.
Al final, mientras la derecha actualmente gobernante empieza a dar vagas señales de apertura a posibles reformas constitucionales –siempre partiendo de la actitud pasiva de esperar a las propuestas de otros–, los más audaces han pasado del proceso constituyente a las reformas de mayor o menor calado, conscientes de que, con esa derecha inmovilista, es utópico abordar un proceso que necesita mayorías imposibles de alcanzar. Una lección que bien podrían aplicarse los protagonistas del proceso independentista en Cataluña, atascados en un triunfo electoral insuficiente, que, encima, están proporcionando oxígeno a quienes, desde el gobierno central, menos están dispuestos ni siquiera a dialogar.
Por cambiar, han cambiado hasta los contenidos del debate. Hace un año, todo hacía suponer que los dos grandes partidos (sobre todo, el primero, el que gobierna) vivirían una dura campaña en la que tendrían que afinar sus explicaciones para sacudirse los efectos electorales de la montaña de corrupciones que habían ido acumulando antes, durante y después de la crisis (suponiendo que hayamos salido de ella, como trata de dar a entender el gobierno). Ahora, entre la cuestión catalana y el peligro yihadista, tienen materia suficiente para disimular esas corrupciones entre la unidad de la patria indivisible y la defensa de la civilización occidental.
Así aguantan el tipo y cruzan los dedos para que ningún nuevo azar catastrófico vuelva a interferir en la campaña, confiando en que, una vez más, el conservador refrán de que más vale malo conocido que bueno por conocer sea el que guíe el comportamiento de los electores. No les importa reconocerse en el papel de malo.







