Refundación del capitalismo con vuelta a los orígenes

El plumilla errante
José A. Gaciño

Desde aquella proclama de Nicolás Sarkozy en septiembre de 2008 para refundar el capitalismo sobre bases éticas, las del esfuerzo y el trabajo, dando por acabada la autorregulación del mercado (sobre todo, el financiero), la evolución de la crisis nos va mostrando que una cosa son los buenos propósitos de políticos acuciados por la presión social y otra muy distinta la realidad que imponen los intereses especuladores a los que esos políticos (por lo menos, los de la Unión Europea) han terminado plegándose.

Una de las cuestiones éticas a las que hacía alusión el entonces presidente de la República Francesa era a los sueldos y beneficios de los altos ejecutivos de las grandes corporaciones financieras, que no se correspondían con los resultados de una gestión irresponsable. Poner coto a las remuneraciones de los directivos de grandes empresas –sobre todo a los de empresas deficitarias– fue una consigna que se fue repitiendo a lo largo de estos años de crisis por parte de los gobiernos, tanto los europeos como el estadounidense, y por parte de los grandes foros donde se debatía sobre posibles salidas a la crisis (G-8 y G-20, por ejemplo).

No era precisamente una consigna revolucionaria. Entra dentro de la ortodoxia capitalista que la remuneración se corresponda con los resultados de la gestión, sobre todo cuando se trata de los altos ejecutivos. Se planteaba, además, como una cuestión de imagen: si la inmensa mayoría de la ciudadanía era sometida a todo tipo de recortes de su salario e incluso de su propio puesto de trabajo, resultaba insultante que quienes ejecutaban esos recortes –como consecuencia de su incompetencia empresarial en la mayor parte de los casos– no sólo no se recortasen sus propios ingresos –o no tuviesen la decencia de dejar su puesto–, sino que se subiesen sus emolumentos sin ningún pudor y sin preocuparse de limitarse al reajuste del IPC.

Normas y llamamientos sobre esta cuestión se han sucedido en diversos países, con mayores o menores resultados prácticos. En esos niveles de remuneración siempre se encuentran mecanismos para camuflar ingresos y esquivar impuestos. Pero incluso con el camuflaje parece que sigue visible el agravio. En España, un informe realizado por entidades privadas (la escuela de negocios EADA y la consultora ICSA) acaba de hacer recuento de los aumentos salariales en el periodo 2007-2013, es decir, desde que empezó la crisis hasta ahora. En ese tiempo, el índice de precios al consumo aumentó un 13,5 por ciento, mientras que los sueldos más altos, los de los ejecutivos, subieron más, un 16,9 por ciento. Por debajo del IPC quedaron los salarios de los empleados, que subieron un 8,7 por ciento, y los de los mandos intermedios, que, curiosamente, sólo aumentaron un 4,9 por ciento, en lo que podría considerarse como símbolo de que esta crisis está machacando a la clase media.

Los ejecutivos llevan años manipulando las grandes corporaciones con el control de una ínfima parte de la propiedad, porque la mayor parte de las acciones se diluye en pequeños inversores dispersos, que no pueden hacer valer el poder que tendrían si se coordinasen y organizasen, y que se limitan a cobrar sus dividendos sin reparar en la tajada que se sirven los controladores, aunque bajen los beneficios. Y de todas maneras, y aunque hayan hecho descender bruscamente las ganancias de sus empresas o incluso hayan entrado en pérdidas, tampoco se han desviado tanto de sus objetivos. Aprovechando la crisis y la reforma laboral, estos ejecutivos están llevando a cabo un drástico saneamiento de plantillas, entre despidos baratos y reducciones progresivas de salarios.

Quizá lo que Sarkozy quería decir realmente con su propuesta de refundación del capitalismo era que había que volver a sus orígenes, a los niveles de explotación y desigualdad de entonces.

 

 

 

 

 

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