Rueda de prioridades entre Escocia e Irak
David Heines, el cooperante asesinado por el llamado Estado Islámico –la última víctima, por ahora, de esta masacre con cuentagotas que nos van sirviendo en vídeos–, era escocés. Una circunstancia puramente secundaria, por más que el referéndum de Escocia preocupe incluso al Fondo Monetario Internacional, frente a la siniestra actividad de estos guerreros santos (que algo así debe de significar yihadistas), que se proponen levantar literalmente a degüello las antiguas glorias históricas del Islam. Como para llegar a la sensación de que puede haber cierto ombliguismo en la sobrevaloración de la gravedad de algunas cuestiones domésticas ante la magnitud de desafíos enloquecidos, productos en muchos casos del estallido de dominaciones, manipulaciones y frustraciones, de cuya responsabilidad, en mayor o menor grado, es difícil sustraerse.
Naturalmente, el hecho de que el Oriente Próximo se esté transformando en un cruel escenario donde feroces luchas de poder entre distintas familias, etnias, tribus y sectores sociales del propio universo árabe y musulmán se entrecruzan con la cuenta de agravios pendientes del control prácticamente no interrumpido de las potencias occidentales, no resta importancia, por ejemplo, a las batallas soberanistas que se libran en Escocia o en Cataluña. Como tampoco podrían explicarse esas batallas como meras consecuencias de estos tiempos de crisis, por más que los castigos discriminatorios de la crisis hayan contribuido a potenciarlas.
No es fácil establecer criterios objetivos a la hora de establecer un orden de prioridades entre unas cuestiones y otras. Estamos acostumbrados a prestar mayor atención a lo más inmediato y cercano, pero el vértigo de la globalización está ampliando continuamente el círculo de lo inmediato y cercano. En esa demencial empresa de la reconstrucción del viejo califato, están participando muy activamente, incluso en el papel de verdugo sanguinario, ciudadanos europeos (españoles incluidos), toda una muestra del fracaso rotundo de las sociedades europeas en la integración de las segundas o terceras generaciones de inmigrantes, a muchos de los cuales parece que no les sirve de mucho ser europeos de nacimiento.
No debería ser incompatible tratar de resolver conflictos de organización territorial interna, incluidas las reivindicaciones independentistas, con afrontar la resolución de la interminable crisis financiera, a ser posible mediante reajustes que no perjudiquen siempre a los mismos y que no beneficien especialmente a los bancos (sobre todo, a los alemanes). Como tampoco debería ser incompatible acometer una salida negociada a la guerra de Ucrania con la necesidad de unir fuerzas contra ese califato que siembra el terror por tierras sirias e iraquíes, sobre todo porque en ese frente vendría muy bien la colaboración de Rusia. Sin miedo a que los kurdos –que son los que están demostrando más consistencia en la lucha contra los visionarios fundamentalistas– alcancen su histórico sueño de construir su propio estado. Después de todo, en otros momentos no tan lejanos, los occidentales no tuvieron miedo a engendrar el monstruo de Al Qaeda con tal de expulsar a los soviéticos de Afganistán.
Ninguna integridad territorial justifica una guerra. Y eso debería servir tanto en el Mar del Norte como en Mesopotamia.





