Té para todos en el Reino Unido

EL PLUMILLA ERRANTE
José A. Gaciño

David Cameron, primer ministro del Reino Unido, habla con toda naturalidad de las cuatro naciones que componen el Estado que gobierna. Naturalmente, nada que ver con España, donde las fuerzas centralistas sienten pánico ante cualquier referencia “nacional” distintas a la patria única e indivisible. Un pánico parecido al que les infunde cualquier alusión a un posible referéndum sobre la posibilidad de separarse, aunque se disfrace con la fórmula de consulta –como si fuera algo sólo un poco más formal que una encuesta de opinión– o se ampare bajo la denominación genérica del derecho a decidir.

En el Reino Unido, como se ve, no tienen esos pánicos. O lo disimulan mejor. De hecho, en el momento de negociar la autorización del parlamento británico para que Escocia convocase su referéndum, Cameron impuso la pregunta única sobre la independencia, consiguiendo eliminar la posibilidad de elegir una mayor autonomía. Intentaba aprovechar el referéndum, cediendo a las propuestas de los nacionalistas tras su victoria electoral, para cortar de raíz las reivindicaciones más autonomistas, confiado en que todas las previsiones señalaban el rechazo de la opción independentista. Precisamente esas previsiones se basaban en sondeos que recogían opiniones abrumadoramente mayoritarias en favor de las máximas competencias autonómicas, que era lo que perseguían, en realidad, los nacionalistas escoceses, conscientes de que los votos que le habían dado el gobierno autonómico no eran suficientes para llevarlos a la independencia.

Sólo cuando las encuestas, en plena campaña, empezaron a registrar un avance del independentismo e incluso el posible triunfo del “sí”, Cameron hizo la oferta de ampliar las competencias, dentro de una ofensiva unionista final muy agresiva, en la que se mezclaron las promesas improvisadas de mejora, si se votaba “no”, con las más catastróficas amenazas para el caso de que triunfase el “sí”. Al despliegue del frente contra la independencia de Escocia se sumó incluso la cúpula de la Unión Europea, sin importarle que los promotores de esa independencia constituyesen una clamorosa excepción en la cada vez menor identificación de las opiniones públicas de cada estado con las decisiones (y, sobre todo, las indecisiones) de las autoridades comunitarias (si tal cosa existe realmente).

Pero el primer ministro conservador británico no ceja en su empeño de marear la perdiz de la descentralización –del federalismo es que ya no quiere ni hablar– posiblemente arrepentido de sus promesas desesperadas en la campaña, a la vista de la holgura del triunfo del “no” (posiblemente el voto negativo hubiese prevalecido igual, aunque quizá con mucha menos ventaja, sin necesidad de prometer más competencias). Le basta con anunciar que las mismas competencias que se puedan devolver a Escocia (devolution es el término histórico que se utiliza para reconocer sus máximas competencias a una nación que dispuso de ellas antes de integrarse en el Reino Unido hace tres siglos) pueden otorgarse a las otras tres naciones: Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte. De momento ha servido para que empiecen a aflorar las discrepancias entre los tres principales partidos británicos, que habían hecho causa común en la campaña por el “no”, con la probable consecuencia de que el proceso se enrede y se pueda eternizar… por lo menos hasta las próximas elecciones generales del año próximo.

Cameron ha echado mano del “café para todos” (quizá “té” sería lo más adecuado), la fórmula con la que la derecha española quiso diluir las singularidades de las comunidades periféricas que reclamaban sus derechos históricos a la autonomía. En España, no sólo no se ha diluido, sino que se ha ido complicando con meteduras de pata de unos y de otros. Los británicos son más pragmáticos y quizá les vaya mejor. O se les enrede más, si Cameron vuelve a ganar las elecciones y tiene que hacer frente a su promesa de convocar un referéndum sobre la continuidad del Reino Unido en la Unión Europea.

 

 

 

 

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