Viejas esperanzas míticas en tiempos de retroceso
Coincidieron en su vida activa apenas dos años y medio, pero en ese tiempo consiguieron transmitir al mundo la idea de que era posible la coexistencia pacífica y el diálogo entre sistemas políticos y económicos dispares y entre confesiones religiosas. En estos días se conmemoran los cincuenta años del asesinato de John F. Kennedy (el 22 de noviembre de 1963, en la ciudad tejana de Dallas) y su recuerdo trasciende el de un presidente de Estados Unidos, un cargo que, de todas formas, siempre tiene una dimensión mundial, para sumarse al de otros dos líderes, el soviético Nikita Jruschov y el papa católico Juan XXIII, que abrieron aquellos esperanzadores años sesenta con mensajes de apertura y de diálogo, de “deshielo” de aquella guerra fría Este-Oeste que siguió a la muy caliente segunda guerra mundial.
Por aquellos años, la descolonización del llamado Tercer Mundo –sobre todo en el continente africano– parecía abrir nuevos horizontes humanos de libertad y de progreso, animado todo ello por una cierta prosperidad económica que despertaba el optimismo y hacía pensar a algunos que había recursos suficientes para atender a las necesidades de toda la humanidad y que sólo bastaba con distribuirlos con justicia.
Pero aquellas primeras esperanzas no duraron mucho. Kennedy, impulsor de una nueva frontera igualitaria a lo Roosevelt y defensor del movimiento pro derechos civiles de los negros, fue asesinado, unos meses después de que hubiese muerto Juan XXIII dejando abierto un concilio renovador que otros se encargarían de domesticar y hasta desvirtuar, y Jruschov (que había denunciado los crímenes de Stalin en 1956) fue depurado por el aparato del régimen burocrático soviético en el otoño de 1964.
Por otra parte, los procesos de descolonización no tardaron en verse desvirtuados por nuevos métodos de colonialismo indirecto, el llamado neocolonialismo, apoyado en la corrupción de las nuevas élites autóctonas (previa eliminación, a veces física, de los incorruptibles) que entregaban a las grandes multinacionales del primer mundo la explotación de sus recursos. Unos recursos que, naturalmente, distaban de ser ilimitados, como pensaban los optimistas. Un mayor conocimiento y la acumulación de experiencias han ido haciendo cada vez más evidente el deterioro y el agotamiento de los recursos del planeta, no sólo por parte del sistema irracional por excelencia, el capitalismo del derroche y la desigualdad, sino incluso por el sistema que teóricamente planificaba con racionalidad y con criterios igualitarios.
Entre avances tecnológicos vertiginosos y renqueantes recorridos de la condición humana en sociedad, no es extraño que se mitifiquen algunos destellos fugaces de viejas esperanzas, como tampoco es extraño que, una vez pasada la emoción del aniversario (de este como de tantos otros con los que se trata de compensar el nivel poco estimulante de la rutina), se vuelva a la realidad. Los momentos brillantes y las grandes ilusiones, concebidos como motor de democracia e igualdad, son impulsos momentáneos que, antes o después, terminan diluyéndose en el pragmatismo de la supervivencia, en el que ya se sabe que hay pautas de poder que apenas cambian, por muchas ilusiones y revoluciones con las que se quiera sacudir la inercia conservadora.
Los de ahora no son precisamente momentos brillantes e ilusionantes, al menos en esta vieja Europa que se ha enrocado en la austeridad inmovilista y discriminatoria (es decir, la austeridad de siempre: la que afecta más a los que menos tienen). Del sueño del progreso indefinido se ha pasado a la sensación de retroceso inevitable. Y ni siquiera con perspectivas de diálogo, tolerancia y diversidad.





