Votación, frente a manifestaciones y silencios

El plumilla errante
José A. Gaciño

Podría haberles funcionado si hubiesen seguido en su casa, pero les pudo la inercia movilizadora de los tiempos en que gobernaba Rodríguez Zapatero y andaban al quite para devolverle a los socialistas las protestas callejeras que ellos habían sufrido en los tiempos de la guerra (la de Irak, claro: de la otra prefieren no acordarse). El caso es que, una vez que han salido a la calle, la tesis de la mayoría silenciosa se difumina.

La esgrimieron frente al millón y medio de participantes (cifra de los organizadores) en la marcha por la independencia de Cataluña el pasado 11 de septiembre. Parecían muchos, pero no los suficientes frente a los siete millones y medio de habitantes de la comunidad catalana, ni frente a los casi cinco millones y medio de su censo electoral, ni siquiera frente a los 3.668.310 votantes de las últimas elecciones autonómicas. Otra cosa era apropiarse de la opinión y de los sentimientos de los millones de “silenciosos” que no salieron aquel día de marcha.

Pero ahora el argumento se les vuelve en contra. La concentración a favor de la permanencia de Cataluña en España, el pasado 12 de octubre, ha sido sensiblemente inferior (160.000, según la cifra facilitada por los propios organizadores). La comparación con los millones de “silenciosos” que ese día no se concentraron resulta bastante más desfavorable que en el caso anterior, en el que, además, los manifestantes equivalían, aproximadamente, a un 83 por ciento de los votantes de las tres formaciones que apoyaron la movilización. En el segundo caso, el número representaba el 21 por ciento de los votantes de los dos partidos que participaron en la concentración.

Aun así, no han vacilado en afirmar que el del 12 de octubre había sido el grito de la mayoría silenciosa, que la Cataluña silenciosa había empezado a hablar, rizando el rizo de la interpretación de los silencios. Una interpretación que prescinde de los matices y que quizá trata de insinuar que los unionistas tienen más dificultades para hacerse oír. Algo de eso parecen traslucir quienes escriben desde Barcelona en periódicos de Madrid, quejándose del abrumador discurso independentista que han de soportar en artículos, debates y tertulias, aunque luego se aclara que es en los medios oficiales catalanes (la radiotelevisión autonómica, para entendernos, y algún periódico en catalán), porque en los demás medios predomina abrumadoramente –por no decir en exclusiva– el discurso unionista.

Las movilizaciones ciudadanas constituyen un ejercicio de la libertad de expresión y uno de los pocos cauces de participación en la actividad política. Son como toques de aviso a los gobernantes en medio de las legislaturas correspondientes, entre votación y votación (que es cuando el ciudadano participa realmente en la política). Como tales toques de aviso deben ser escuchados e interpretados, sin darles una consideración decisiva, evidentemente, pero sin despreciarlos bajo el escudo de la supuesta mayoría silenciosa, aquel concepto que puso en circulación el presidente norteamericano Richard Nixon (que dimitió de su cargo antes de que el Senado le condenase por el caso Watergate) para contraponerlo a las manifestaciones contra la guerra de Vietnam.

 En vez de ponernos a contar manifestantes, contra-manifestantes y ciudadanos que se quedan en su casa (y que no necesariamente están de acuerdo ni con unos ni con otros), a lo mejor podría recurrirse al método más directo de participación ciudadana: una votación para saber cómo se reparten realmente los apoyos a una y otra causa (o a una tercera o cuarta).

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