Yo lloví conmigo

COSAS QUE CONTAR
ESPAÑA

Que sí, que nosotros somos esos que se rebelan cuando tratan de convencerles de que los verbos meteorológicos son impersonales, pero cómo no íbamos a hacerlo si hemos llovido setenta y nueve veces sobre las calles y sus desiertos y hemos alumbrado de un sueño las noches más frías. Nosotros somos los que prorrumpimos en un alud de argumentos afilados cuando nos cruzamos con una injusticia de las que calan los huesos y en el cielo, a decir verdad, hemos puesto más veces la risa que el grito.  Aunque escucháramos como embobados los cuentos sobre lo que era correcto,  luego nunca podíamos evitar jugar a cambiarles el final y ametrallar con mil preguntas sobre el paradero del lobo era la consecuencia inherente.

Hartos de un camino que había que recorrer con zapatos de charol, nos descalzamos y empezamos a buscarnos en cosas diminutas: ahora un charco, luego un bostezo, un lazo, unos bolsillos llenos de tierra, una boca distraída y en cada rincón del mundo en el que nunca habíamos estado.

Empezamos a pasar las manos por la hierba alta y a empaparnos el pecho de flores, a adentrarnos en una mirada sin armaduras y sentir que hasta el momento no teníamos ni puta idea de lo que era un abismo. Hemos estallado en carcajadas de colores vivos y hemos imaginado hasta que nos dolían las costillas.

Y no, la verdad es que nunca aprendimos a conversar sobre el tiempo en un ascensor, ni a contar mentiras, a escudarnos tras una corbata, o a fingir interés.  Hemos perdido la cuenta de las veces que puede matarnos un mismo golpe: es el precio de  aprender a sonreír lo suficientemente alto como para no escuchar el estruendo cada vez que se cae la esperanza al suelo.

Nosotros hemos visto al sol ahogarse en nuestro océano de dudas saladas y resurgir con la mañana temblando de ganas.

Comprenderéis pues que nos espante la idea de empezar de cero, de volver al comienzo, de borrar los errores. A ver cómo os explicamos que nos da más miedo una piel impoluta que andar llenos de cicatrices. Y que sí,  que hemos caído tantas veces, que volar empieza a parecer un acto de suicidio, pero es  que a poco que saques la cabeza, pierdes por completo la práctica de boquear en la pecera.

Foto: Pixabay.com

 

 

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