"Yo me equivoco (o robo), ustedes pagan"
No sé qué tiene que pasar para que alguno de los responsables económicos y políticos de este desastre paguen las consecuencias. La cuenta de los desmanes queda ahí, sobre la mesa, y cuando el rezagado quiere salir tiene una cuenta pendiente que no es suya.
Durante décadas los gestores de una televisión autonómica (sí Canal 9) contrataron amigos, falleras mayores amigas de alguien, colegas de toda la vida, amiguitos del alma de alguien (aunque no fueran jueces) y productoras amigas de lo ajeno o no.
Cada presidente apartó a los que no eran palmeros en un rincón y renovó el panorama completo. Pagó equipos de fútbol, carreras de coches, jetas profesionales y cables de sonido a precio de hilo de oro. Pero pagan los trabajadores. Todos a la calle que es un dispendio. Queda poco dinero y es para los amigos, no para esa gente que ahora cuenta las verdades del barquero.
Los mariscadores se quedaron sin trabajo y media España puso su trabajo y su dinero para salvar el mayor desastre medioambiental de su historia. Pero el Prestige es una plaga bíblica: vino, se hundió, lo pringó todo. Como por arte de magia. Nadie sabe nada del asunto.
CajaMadrid dejó en la ruina a miles de personas y ha necesitado ayudas públicas pagadas con una mensualidad de los funcionarios (hagan la cuenta, hagan la cuenta). Pero el procesado es el juez que investiga y el matón el que le dice lo que debe oír a Rato.
Wert pisa un charco por día. Me recuerda a mí de niño, intentando que los gorilas se rompieran de una puñetera vez. Pero los salpicones son para otros: para los estudiantes, para los profesores, para la ciencia, para el futuro de este país.
Los casos de ineptitud culposa o de robo directo son tan numerosos que necesitaría una enciclopedia. Pero nadie sabe nada. Cada día tengo más claro que no va a pasar nada, que todos se van a librar de ir a la cárcel, salvo algún pobre hombre arruinado por un gángster de traje que pierda la cabeza.
Seguirán en sus mullidos sillones riéndose de nosotros. Y seremos culpables. Porque no tenemos el valor cívico de cobrarles la factura. Los periodistas, que deberíamos ser el cobrador del frac de estos morosos, vivimos demasiado pendientes de nuestras facturas y de un futuro que garantiza que no podremos pagarlas. Quizá algún día nos demos cuenta de que nuestro sentido es mostrar las vergüenzas ajenas y no cultivar las propias.





