En el salón, los mayores hablaban de sus cosas, bajo la humareda de una sobremesa de domingo. Pastas, café, bebidas espirituosas, puros de la boda de la prima Ester, azúcar en el mantel mezclada con migas convertidas en pelotas negruzcas, pisotones conversacionales, el ronquido del abuelo de fondo –siempre se quedaba dormido en el sofá, frente a la tele, a un metro y medio escaso de la mesa presidencial- y el teléfono fijo que reclamaba cada cierto tiempo la atención de los miembros familiares, cuya avidez parlamentaria no abandonaban hasta que tenían bien caliente el auricular y su interlocutor se preguntaba: “¿hablas conmigo?”.